viernes, 15 de agosto de 2008

Apéndice 4. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad


Apéndice 4

Gabriel García Márquez y su metafísica de la imaginación



La existencia de toda persona es marcada, consciente o subconscientemente, por momentos de inspiración, iluminación o revelación. Momentos o impactos que transforman lo qué se es, lo qué se hace y las obras qué se realizan. Ese suceso que ocurre en "el camino de Damasco" que enceguece pero ilumina un universo.

Es la revelación de una visión que se ha buscado con intensidad y la cual toma cuerpo en la mente súbita o lentamente. Un momento extraordinario que concluye con un grito: "¡Eureka!" y con el éxtasis místico. Un momento que no es otro que el final del lento proceso de la acción, el influjo y la influencia de las experiencias de toda una vida, sobre los cuales, un detalle o modelo, deliberadamente estudiado, actúan como oportuno gatillo.

Estos fenómenos han sido elementos comunes e importantes para la vida de innumerables culturas desde la antigüedad. Hacen parte de un territorio cosmogónico, metafísico y místico que poco se ha explorado en la América Latina occidentalizada, pero al cual, unos pocos visionarios han tratado de acceder con propia mirada.

Fueron esas miradas originales de unos pocos contempladores de la verdad, las que propiciaron el advenimiento del "boom" literario latinoamericano, en cuyas obras de imaginación y ficción, al fin, se hizo la Luz con la cual descubrir que se habitaba en un continente real maravilloso al que se tendría que explicar con un realismo mágico.

Realismo mágico no nacido por generación espontánea o por sobrenatural procreación. Realismo mágico que fue el resultado de un proceso de gestación, maduración y síntesis que parte de influencias propias y extrañas, culturas autóctonas y foráneas, pensamiento, arte, etc. que copulan, mutan, se sincretizan, se transculturan y que en un momento se hicieron común para todos, en unos aspectos más que en otros.

En América Latina, en el caso de la metafísica propiamente dicha, la situación ha sido muy particular y hasta peculiar.

Bajo el peso asfixiante de la metafísica europea, se ha conservado el peso y operación de las tradiciones cosmogónicas de las culturas primitivas que participan del realismo mágico, más por orgullo que por entendimiento. Sin embargo, han sido pocos los intentos para realizar una reflexión que produzca la propia y original síntesis de una metafísica autóctona.

Salvo dos excepciones reales y maravillosas que, emergiendo desde las tinieblas de la ignorancia, iluminaron a unas cuantas mentes para que expandieran la Luz con sus obras literarias.

Se trata del argentino, metafísico, novelista y poeta, Macedonio Fernández y del colombiano, filósofo, metafísico, místico, novelista y poeta, Fernando González, los dos metafísicos más originales de América Latina.

Estos son los asuntos que voy a tratar de desvelar con las hipótesis descabelladas que propongo a continuación con el fin de llamar la atención sobre las influencias metafísicas y místicas que transformaron la vida y las obras de Gabriel García Márquez.

¿Qué aprendió Gabriel García Márquez de Fernando González?

¿Por qué la literatura de Gabriel García Márquez es superior a la de otros escritores colombianos?

Por su genialidad como narrador y por las cualidades estéticas y artísticas propias, originales y de valor universal que caracterizan sus novelas como obras maestras del arte.

Sobre la genialidad y las cualidades estéticas de la literatura de Gabriel García Márquez han corrido ríos de tinta y cataratas de palabras. Sin embargo, en medio de ese diluvio, es poco o nada lo que se ha dicho sobre la sustancia filosófica, cosmogónica y metafísica que también la constituyen y la unifican. Esas cualidades que la hacen una e igual entre las máximas obras de la literatura universal.

Es posible que esa irreverente y superficial imagen mediática que el mismo Gabriel García Márquez ha construido o consentido que se construya de él, ha ocultado, deliberadamente, ese "origen secreto" del que habla Pierre Macherey:

"[...] la filosofía no es otra cosa que literatura: como si finalmente debiera encontrar su verdad en la literatura. Verdad silenciosa, relegada a las márgenes de un texto; es la tesis que sostiene Derrida: "La metafísica ha borrado en sí misma la escena fabulosa que la produjo y que, sin embargo, continúa activa, inquieta, inscrita con tinta blanca, dibujo invisible y recubierto en el palimpsesto". Se diría incluso que lo filosófico de la filosofía, es decir la reflexión crítica de su propio discurso, regresa en última instancia a la literatura, que de alguna manera traza sus límites, hacia los cuales vuelve como a un origen secreto, donde se sumergen las pretensiones especulativas de un pensamiento puro y absoluto" (1).

Un estudio crítico sobre la vida y la obra de Gabriel García Márquez, pondría en evidencia esa "verdad silenciosa", patente en todas y cada una de sus obras y se reconocería la importancia de lo que le significaron y le aportaron aquellos maestros de su temporada en Cartagena, como recientemente se está explorado y reconociendo, pues fue allí, con ellos, en donde se realizó la iniciación de su formación intelectual e incubó esa materia sobre la cual se fundamenta la trascendencia de su obra.

De esos personajes y esa temporada cartagenera cuenta el mejor libro que se ha escrito sobre el asunto: Un ramo de no me olvides. García Márquez en El Universal, de Gustavo Arango Toro, en el que se demuestra, con propiedad y gustosa narración, "El momento de las grandes lecciones y decisiones" a partir de las que se hizo el Gabriel García Márquez que se convirtió en uno de los novelistas más importantes de la literatura universal en el siglo XX y al que le fue otorgado el Premio Nobel.

Esos fueron los tiempos prehistóricos de la iniciación.

Después vendrían otros tiempos, lugares, personajes y otras temporadas más reconocidas y célebres, tan mitificadas como aquella del Grupo de Barranquilla que le siguió a Cartagena. O, la de los tiempos de París, donde, con hambre y frío, escribió El coronel no tiene quien le escriba. O, los tiempos de cine en México que concluyeran con la publicación de Cien años de soledad y de allí a la celebridad.

Sin embargo, en medio de la algarabía del "circo mediático" y del vertiginoso remolino de la fama y de los homenajes, nadie ha tenido la curiosidad de leer entre líneas para encontrar las claves que permitan descifrar los misteriosos personajes y circunstancias que, como "eminencias grises", participaron y contribuyeron para que Gabriel García Márquez madurara esas sustancias filosóficas, cosmológicas y metafísicas que sustenta y unifica su narrativa.

Se puede decir que Gabriel García Márquez tiene una especial fascinación con un personaje que, con diferentes nombres, figuras y oficios, transmigra de novela en novela: ese personaje es el de un hombre viejo y sabio: Melquíades, Abrenuncio de Sa Pereira Cao, Jeremiah de Saint-Amour.

Para nada sería aventurado decir que ese "personaje comodín", como lo he denominado, es el homenaje que Gabriel García Márquez hace a todos aquellos maestros que, en algún momento de su vida, contribuyeron generosamente a su formación: su abuelo, Clemente Manuel Zabala, Gustavo Ibarra Merlano, Ramón Vinyes, Fernando González y, quién sabe cuántos más.

De influjos e influencias hablo en otros capítulos de este libro. Como el dedicado a mi hipótesis descabellada sobre el papel que jugaron para la escritura de Cien años de soledad, el escritor mexicano Carlos Fuentes y la novela Bajo el volcán, del escritor inglés Malcolm Lowry.

O, el apéndice en el que exploro las conexiones entre Memorias de mis putas tristes y las novelas: La historia del buen viejo y la bella muchacha y La consciencia de Zeno, del escritor italiano Italo Svevo, así como otras referencias.

Pero, hay otra historia que quiero contar y con ella proponer otra hipótesis descabellada, la de cómo el novelista y filósofo antioqueño, Fernando González, pudo contribuir, también, en la formación filosófica, cosmogónica y metafísica de Gabriel García Márquez.

Esta historia sucedió o, para ser más exactos, pudo suceder como consecuencia de una breve visita que realizó Gabriel García Márquez a Medellín a finales del año 1960.

A mediados de ese año 60, coincidieron en Cartagena, en un congreso sobre cine, Gabriel García Márquez y Alberto Aguirre; el primero, tenía en su poder el manuscrito sin publicar de El coronel no tiene quien le escriba, el segundo, por esa época, además de sus oficios regulares de periodista y librero, se había empeñado en ser editor.

Lo cierto del caso es que Alberto Aguirre le compró a Gabriel García Márquez los derechos de publicación de El coronel no tiene quien le escriba, para la que sería la primera edición de la novela.

En septiembre de ese año 60, Gabriel García Márquez viajó a Medellín y permaneció durante unos días. Dado su negocio con Alberto Aguirre, éste actuó como su anfitrión y a través de él conoció al los escritores y artistas que giraban alrededor de la Librería Aguirre.

Con toda seguridad, en aquella visita a Medellín, Gabriel García Márquez hizo amistad con Arturo Echeverri Mejía y Gonzalo Arango. De ellos tres tuve ante mis ojos una fotografía instantánea tomada cuando caminaban por la carrera Junín.

No existen pruebas ciertas de que Gabriel García Márquez hubiera tenido algún encuentro con Fernando González, aun cuando los hijos de éste, Simón y Fernando, afirmaron que sí se conocieron y que su papá le obsequió algunos de sus libros, aquellos que Alberto Aguirre había editado, el último de los cuales era Libro de los viajes o de las presencias.

También dijo Simón González que, en alguna ocasión, Gabriel García Márquez le dijo que él había aprendido a escribir con la obra de su papá.

Realidad o leyenda, lo cierto es que después de esta visita a Medellín, Gabriel García Márquez, viajó a La Habana, antes de dirigirse a Nueva York, donde trabajaría como periodista de Prensa Latina, la agencia de noticias de la Revolución Cubana y que, en junio de 1961, atraviesa los Estados Unidos, desde Nueva York hasta la ciudad texana de Laredo, en la frontera con México, para refugiarse, finalmente, en el Distrito Federal mexicano, casi como un exiliado político, luego de la invasión estadounidense en Bahía Cochinos.

En Ciudad de México Gabriel García Márquez, para sobrevivir con su familia, escribe historias y guiones para el cine y textos para publicidad, se relaciona con algunos de los intelectuales que trabajan para esa industria, se hace amigo de Carlos Fuentes, ya reconocido escritor y escribe los cuentos de Los funerales de la Mama Grande, los que publica en 1962.

He contado todo lo anterior con el fin de sustentar los motivos por los que ahora voy a dar un salto dentro de la materia oscura de la imaginación, para comenzar a construir esa otra historia, la historia que hipotéticamente se sucedió en esa otra dimensión de lo posible o lo imposible del Ser de los humanos y que para los creadores y los artistas es extraordinaria y fantástica.

Los únicos hechos objetivos y concretos de estas historias son los ya narrados, a los que habría que agregar aquellos hechos evidentes que ya anticipan, en los cuentos de Los funerales de la Mama Grande, el tema y el tono que darán origen a Cien años de soledad, publicada en 1967.

Sin embargo, en esa otra historia y en la dimensión de las hipótesis descabelladas, los eventos ocultos y desconocidos de ese origen y gestación, debieron ser de tamaño real maravilloso para que sus consecuencias provocaran la emergencia de esa nueva temática, esa nueva técnica y ese novedoso y original tono que, como ya expliqué en un capítulo anterior, se origina en la obra de Ramón María del Valle-Inclán.

Del tono poco más es necesario decir, eso corresponde a los misterios de la creación y es un don con el cual están dotados los grandes artistas para expresarse de manera propia y exclusiva. Y para hablar de su originalidad y significado se encargan los críticos literarios.

En cambio, la temática y la técnica pertenecen, en buena parte, a la realidad objetiva y, como tal, me permito analizarlas con las herramientas del "racionamiento por abducción" (2), una lógica menos convencional y más apropiada a la hora de examinar las obras de arte y a sus autores en el campo de mis hipótesis descabelladas.

Si bien Gabriel García Márquez había incorporado, hasta ese momento, la historia y la política a su narrativa y, desde la Revolución Cubana, se había identificado con su ideología, el tratamiento que daba a estos elementos era demasiado evidente y realista.

Por ello, llama la atención la transformación que esa temática sufre, a partir de Los funerales de la Mama Grande y, en especial, en Cien años de soledad en donde son convertidos en materia estética, adquieren las cualidades del arte y retornan “al origen secreto de esa verdad silenciosa”, mencionados antes.

¿Podría establecerse alguna conexión entre esta transformación y la posibilidad de que Gabriel García Márquez hubiera leído las obras que Fernando González le regalara? Porque, visión filosófica, cosmogónica y metafísica es la que ilumina a los personajes, circunstancias e historia patria, muy universalmente colombianos, en las novelas de Fernando González.

Particularmente, a Gabriel García Márquez, debió haberle impactado la lectura de Mi Simón Bolívar, como lo puede demostrar el hecho de que él manifestara un gran amor y admiración por la vida y la obra del Libertador, hasta el punto de escribir El general en su laberinto, conexión que dedujo mi amigo y estudioso de la vida y obra de Fernando González, Ernesto Ochoa Moreno.

Mi Simón Bolívar, así como sus teorías sobre la novela y la literatura como formas de expresión de las realidades del Ser, la historia y el universo, contenidas en todas las obras de Fernando González, debieron sugerirle a Gabriel García Márquez una nueva forma de escribir sobre esos asuntos, convirtiéndolos en sustancias unificadoras trascendentes y estéticas, a la vez que en materia artística.

Ahora es el momento de aplicar ese "racionamiento por abducción" y establecer algunas conexiones que permitan mirar, con otra geometría mental, las posibles correspondencias entre Mi Simón Bolívar y los cuentos y novelas que Gabriel García Márquez escribió en México.

En las líneas finales del cuento Los funerales de la Mama Grande, se lee:

"Sólo faltaba entonces que alguien recostara un taburete en la puerta para contar esta historia, lección y escarmiento de las generaciones futuras, y que ninguno de los incrédulos del mundo se quedara sin conocer la noticia de la Mama Grande, que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos".

Lo que sucedió después fue que Gabriel García Márquez sacó ese taburete y se sentó a escribir Cien años de soledad.

Si Gabriel García Márquez leyó, con algún detenimiento, Mi Simón Bolívar, de Fernando González, se encontró con ideas sobre la literatura y la escritura como estas:

"Mi lenguaje será el de mi tierra y de mi gente, el de mi patria. Escribiré como hablo y como pienso, pues la vida del idioma y de las ideas es la del pueblo de cada uno. Se burlan de los modismos de los pueblos débiles, pero imitan los de los pueblos de carácter. ¡Mi pobre patria! Todo lo tuyo es despreciado por sus hijos. El sombrero de Aguadas tiene que venir de Panamá".

En el territorio de la metafísica, con ideas como estas:

"Lo que mi mente creó se hizo realidad y existe, pues las cosas primero son y luego existen".

De la filosofía:

"En todo caso, lo evidente es que Lucas y yo sostenemos como un primer principio que el hombre es el centro del universo, el cual es alimento para su conciencia".

Estas y otras ideas, filosóficas, estéticas, metafísicas que bien pudieron tener algún significado, influjo e influencia sobre el joven Gabriel García Márquez, escritor en incubación de su gran obra.

Que pueda o no demostrarse esto, es otro asunto, mi propósito aquí es jugar al juego de la lectura alquímica, esa que transmuta al lector y al texto. Juego como este de abducir algunas conexiones entre la lectura que Gabriel García Márquez hiciera de la obra de Fernando González, a espaldas de la crítica académica, tan poco lúdica ella.

Así pues que, en ese juego de abducciones, es posible establecer conexiones reales o imaginarias entre los dos escritores y sus textos.

Por ejemplo, se puede decir que José Arcadio Buendía, el patriarca de Cien años de soledad, en algún momento se parece a Lucas de Ochoa. Como mínimo en eso de buscar a Dios.

Como se sabe, Fernando González / Lucas de Ochoa, fue un buscador de Dios: en él mismo; en las sensual desnudez de las muchachas; en los hombres, barrigones o lanetas; en los animales, en las ceibas, en la tierra y en el cielo... en fin, en la Naturaleza y en el universo.

José Arcadio Buendía, también fue un buscador de Dios... a su manera. Y, a su manera, también quiso probar científicamente su existencia:

"Mientras tanto, Melquíades terminaba de plasmar en sus placas todo lo que era plasmable en Macondo, y abandonó el laboratorio de daguerrotipia a los delirios de José Arcadio Buendía, quien había resuelto utilizarlo para obtener la prueba científica de la existencia de Dios".

El hombre viejo y sabio también tiene sus correspondencias. Melquíades:

"Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas".

Fernando González/Lucas de Ochoa:

"Nosotros llamamos sabio al que ha sentido vivir el universo y ha vivido con él".

Otras correspondencias, la del hombre de acción de Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía, el personaje que encarna la paradoja de la reflexión estática y la acción trágicamente heroica.

Uno, el hombre estático:

"Sólo seis meses después supo Aureliano que el doctor lo había desahuciado como hombre de acción, por ser un sentimental sin porvenir, con un carácter pasivo y una definida vocación solitaria".

Dos, el héroe paradójico y trágico:

"El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar a un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la República. Llegó a ser comandante general de la fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una foto".

El hombre de acción de Fernando González en Mi Simón Bolívar:

"¿Y quién ha sido más hombre de acción, más heroico que los Balboas, que en vértigo de locura desafiaban selvas impenetrables, plagas desconocidas, soledades infinitas, enemigos apenas presentidos; que en unos dieciocho días se abrían trocha desde el Atlántico en busca de un Océano desconocido y de un Eldorado imposible? Y eran dueños de una inmensa humanidad para saciar en ella todas sus ansias".

De la psicología y la fenomenología, se podría saltar a las conexiones y correspondencias con los griegos clásicos, como, por ejemplo, con la tragedia griega, tan afecta a Gustavo Ibarra Merlano, cuando en Cien años de soledad, al igual que en aquella, Úrsula y las mujeres de Macondo se rebelan contra los hombres. Etcétera.

Conexiones y correspondencias, ficticias o reales, con las que se podría seguir en un juego sin fin. Pero esos son los juegos a jugar con la literatura y la lectura y cuyo final sólo llegará, como en el fin de Cien años de soledad:

"[...] en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra".

O, cuando el Demonio de la Estupidez retorne para regular a la lectura.

NOTAS

(1) Pierre Macherey, ¿En qué piensa la literatura?, Siglo del Hombre, Bogotá, 2003, p. 12.
La cita: J. Derrida, "La mytohologie blanche (La métaphore dans le texte philosophique)", en Poétique, 5, 1971, p. 4. Texto reimpreso en Marges de la philosophie (Minuit, 1972), p. 254.

(2) "Racionamiento por abducción", descubierto por Charles S. Peirce en 1879 y que funciona, algo así, como lo explica Carlos Rincón:

"Se trata según leía alguna vez en un artículo de Heinz Heckhausen, del cortocircuito, de la chispa que se produce entre dos complejos de imaginación hasta entonces separados, "por mediación de un elemento común". La complejidad de un concepto -de una imagen- puede así potenciarse, multiplicarse como por arte de magia, al estar puesta en contacto con diferentes contactos".

Carlos Rincón, García Márquez, Hawthorne, Shakespeare, De la Vega & Co. Unltd., Serie “La Granada Entreabierta”, 86, Instituto Caro y Cuervo, Santa Fe de Bogotá, 1999, pp. 66 y 67.

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