al "furor" de Cien años de soledad
Capítulo 6
La historia de un laboratorio
de alquimia literaria
"Como nunca pudo encontrar, en libro alguno, su visión del mundo, ni de sí mismo, se dispuso a dejar un fragmento de su propia imagen lo suficientemente grande como para ser recordado, sabiendo perfectamente, como dijo una vez, que siempre hay algo que jamás llega a escribirse. Y, sin embargo, si quedó escrito para nosotros" (1).
Cuando Gabriel García Márquez leyó estas palabras y el resto de la semblanza biográfica de Malcolm Lowry, escrita por Conrad Knickerbocker, incluida en el número especial que sobre ese autor publicó la Revista de la Universidad de México en noviembre de 1964, junto con la primera versión en español del cuento que dio rigen a Bajo el volcán, algunas de sus cartas, en especial las enviadas a Jonathan Cape y Ronald Paulton, y otros de sus escritos, así como la primera versión española de Bajo el volcán, publicada en México en 1964 por la editorial Era, debió sentir que, al fin se había cumplido "la premonición de su destino":
"Aureliano no pudo moverse. No porque lo hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas" (CAS: pp. 468-468)
Gabriel García Márquez descubrió que todo aquello era un laboratorio de alquimia literaria a partir del cual podría fabricar su propia piedra filosofal y escribir su Gran Obra, su Opus Magnum.
Como ya lo anuncié, voy a exponer el proceso de su transmutación y de la fabricación de su propia piedra filosofal, de la lectura, del el uso y la interpretación que Gabriel García Márquez realizó de la vida y de la obra de Malcolm Lowry para realizar su propia escritura, tal y como él mismo lo cuenta en Cien años de soledad.
La historia de ese proceso y su culminación es narrada paso por paso en Cien años de soledad y, si bien, son muchos más los sucesos relacionados con ello de los que a continuación voy a citar, los más reveladores, aquellos que están referidos al laboratorio de alquimia que Melquíades le regaló al patriarca de los Buendía, José Arcadio y a los eventos ocurridos e influenciados por la fabricación de la piedra filosofal.
Antes de proceder a entresacar esa historia de las páginas de Cien años de soledad, es necesario hacer la confrontación de dos fotografías de Malcolm Lowry con los dos daguerrotipos que, en correspondencia, permitan superponer o transponer los personajes que Gabriel García Márquez describe, porque ellos aparecen como si al mirarse en esos espejos, se transmutaran en esos dos Malcolm Lowry, el físicamente portentoso y el lúgubre, para establecer de esta manera las conexiones y correspondencias entre los dos autores y sus obras.
Esas dos fotografías son las que describe y comenta Conrad Knickerbocker en la semblanza biográfica de Lowry, publicada en el Prairie Schooner, en inglés y en la Revista de la Universidad de México, en español, en 1964, son la vívida imagen, en la una, de la portentosa contextura física de los José Arcadios y, en la otra, de la lobreguez de los Aurelianos:

"Dos fotografías sintetizan el mito del artista atormentado por lo que a Malcolm Lowry se refiere. En una de ellas, tomada en Dollarton, Columbia Británica, está en bañador, de pie sobre una roca, en la orilla, con los brazos cruzados en hermética invocación. Se le ve fornido, musculoso. Su rostro tiene una expresión de intensa solemnidad y, a su espalda, el mar parece aguardar a un albatros; la otra fotografía muestra al hierofante convertido en “clown”: está de pie, en la típica postura de un borracho en lo más empinado de su balanceo. Una mano se aferra a una botella de "Bols" y, la otra, a un libro. Como si a última hora hubiese desdeñado los tirantes, lleva los pantalones sujetos con un cinturón. Las nítidas facciones se han agazapado tras una hinchada sonrisa. Pero estas instantáneas no consiguen decirnos la verdad. Porque Lowry no vivió de acuerdo al mito. Ni uno solo de sus yos se batió nunca en combate singular" (1).
Los dos personajes de Cien años de soledad transpuestos o superpuestos en correspondencia asombrosa con estos dos Malcolm Lowry, son aquellos dos que aparecen en los daguerrotipos tomados por Melquíades. El uno, José Arcadio, el patriarca:
"De esa época databa el oxidado daguerrotipo en el que apareció José Arcadio Buendía con el pelo erizado y ceniciento, el acartonado cuello de la camisa prendido con un botón de cobre, y una expresión de solemnidad asombrada, y que Úrsula describía muerta de risa como «un general asustado» (CAS: p. 63).
En el otro daguerrotipo aparece Aureliano, el coronel, en medio de la familia Buendía, aun cuando el coronel no sea lo alcohólico que fuera Lowry, si es sombrío, lúgubre y lánguido:
"En el daguerrotipo familiar, el único que existió jamás, Aureliano apareció vestido de terciopelo negro, entre Amaranta y Rebeca. Tenía la misma languidez y la misma mirada clarividente que había de tener años más tarde frente al pelotón de fusilamiento. Pero aún no había sentido la premonición de su destino" (CAS: pp. 63).
Establecidas las identidades de los personajes y sus correspondencias, es hora de leer en las páginas de Cien años de soledad la historia de ese laboratorio de alquimia que Melquíades le regaló a José Arcadio y del primer fracaso en la fabricación de la piedra filosofal:
"El rudimentario laboratorio -sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y coladores- estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía. Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera interpretarlos intentar la fabricación de la piedra filosofal. Seducido por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogue. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero (CAS: pp. 15-16).
A manera de interpretación simple, se puede decir que este es el primer fracaso de Gabriel García Márquez en su proceso de transmutar aquel antiguo mamotreto al que había titulado: La casa y el que empezara a escribir en los tiempos que trabajó como aprendiz de periodista en periódico El Universal de Cartagena y el que por tantos años conservó y trasteó durante su vida nómada.
Después de ese fracaso, le corresponde a José Arcadio, el primogénito de José Arcadio y Úrsula, realizar otro intento. Él, para refugiarse y tratar de aislarse de las responsabilidades de ser padre por primera vez, intenta aprender de su padre la fabricación de la piedra filosofal:
"(Pilar Ternera) Estimulada por el entusiasmo con que José Arcadio disfrutaba de su compañía, equivocó la forma y la ocasión, y de un solo golpe le echó el mundo encima. «Ahora si eres un hombre», le dijo. Y como él no entendió lo que ella quería decirle, se lo explicó letra por letra:
-Vas a tener un hijo.
José Arcadio no se atrevió a salir de su casa en varios días. Le bastaba con escuchar la risotada trepidante de Pilar en la cocina para correr a refugiarse en el laboratorio, donde los artefactos de alquimia habían revivido con la bendición de Úrsula. José Arcadio Buendía recibió con alborozo al hijo extraviado y lo inició en la búsqueda de la piedra filosofal, que había por fin emprendido. Una tarde se entusiasmaron los muchachos con la estera voladora que pasó veloz al nivel de la ventana del laboratorio llevando al gitano conductor y a varios niños de la aldea que hacían alegres saludos con la mano, y José Arcadio Buendía ni siquiera la miró. «Déjenlos que sueñen -dijo-. Nosotros volaremos mejor que ellos con recursos más científicos que ese miserable sobrecamas.» A pesar de su fingido interés, José Arcadio no entendió nunca los poderes del huevo filosófico, que simplemente le parecía un frasco mal hecho. No lograba escapar de su preocupación. Perdió el apetito y el sueño, sucumbió al mal humor, igual que su padre ante el fracaso de alguna de sus empresas, y fue tal su trastorno que el propio José Arcadio Buendía lo relevó de los deberes en el laboratorio creyendo que había tomado la alquimia demasiado a pecho. Aureliano, por supuesto, comprendió que la aflicción del hermano no tenía origen en la búsqueda de la piedra filosofal, pero no consiguió arrancarle una confidencia. Había perdido su antigua espontaneidad. De cómplice y comunicativo se hizo hermético y hostil. Ansioso de soledad, mordido por un virulento rencor contra el mundo, una noche abandonó la cama como de costumbre, pero no fue a casa de Pilar Ternera, sino a confundirse con el tumulto de la feria" (CAS: pp. 42-43).
El proceso de la transmutación alquímica es largo y doloroso y los embates de la pasión y el peso de la vida cotidiana lo complican y confunden. Fue así como el primer José Arcadio no tuvo el "furor" necesario para la labor alquímica y decide huir de Macondo y tras de él y en su búsqueda se va Úrsula.
Estas tragedias familiares provocarán el que el viejo José Arcadio regrese al laboratorio de alquimia y que se empiecen a revelar los poderes y el "furor mágico" de su segundo hijo, el primer Aureliano:
"Durante varias semanas, José Arcadio Buendía se dejó vencer por la consternación. Se ocupaba como una madre de la pequeña Amaranta. La bañaba y cambiaba de ropa, la llevaba a ser amamantada cuatro veces al día y hasta le cantaba en la noche las canciones que Úrsula nunca supo cantar. En cierta ocasión, Pilar Ternera se ofreció para hacer los oficios de la casa mientras regresaba Úrsula. Aureliano, cuya misteriosa intuición se había sensibilizado en la desdicha, experimentó un fulgor de clarividencia al verla entrar. Entonces supo que de algún modo inexplicable ella tenía la culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente desaparición de su madre, y la acosó de tal modo, con una callada e implacable hostilidad, que la mujer no volvió a la casa.
El tiempo puso las cosas en su puesto. José Arcadio Buendía y su hijo no supieron en qué momento estaban otra vez en el laboratorio, sacudiendo el polvo, prendiendo fuego al atanor, entregados una vez más a la paciente manipulación de la materia dormida desde hacía varios meses en su cama de estiércol. Hasta Amaranta, acostada en una canastilla de mimbre, observaba con curiosidad la absorbente labor de su padre y su hermano en el cuartito enrarecido por los vapores del mercurio. En cierta ocasión, meses después de la partida de Úrsula, empezaron a suceder cosas extrañas. Un frasco vacío que durante mucho tiempo estuvo olvidado en un armario se hizo tan pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua colocada en la mesa de trabajo hirvió sin fuego durante media hora hasta evaporarse por completo. José Arcadio Buendía y su hijo observaban aquellos fenómenos con asustado alborozo, sin lograr explicárselos, pero interpretándolos como anuncios de la materia. Un día la canastilla de Amaranta empezó a moverse con un impulso propio y dio una vuelta completa en el cuarto, ante la consternación de Aureliano, que se apresuró a detenerla. Pero su padre no se alteró. Puso la canastilla en su puesto y la amarró a la pata de una mesa, convencido de que el acontecimiento esperado era inminente. Fue en esa ocasión cuando Aureliano le oyó decir:
-Si no temes a Dios, témele a los metales.
De pronto, casi cinco meses después de su desaparición, volvió Úrsula. Llegó exaltada, rejuvenecida, con ropas nuevas de un estilo desconocido en la aldea. José Arcadio Buendía apenas si pudo resistir el impacto. «¡Era esto -gritaba-. Yo sabia que iba a ocurrir.» Y lo creía de veras, porque en sus prolongados encierros, mientras manipulaba la materia, rogaba en el fondo de su corazón que el prodigio esperado no fuera el hallazgo de la piedra filosofal, ni la del soplo que hace vivir los metales, ni la facultad de convertir en oro las bisagras y cerraduras de la casa, sino lo que ahora había ocurrido: el regreso de Úrsula." (CAS: pp. 46-47-48).
El viejo José Arcadio terminará su vida como se cuenta que terminó la vida de don Quijote:
"Hizo desembarazar de escombros y telarañas la habitación donde a José Arcadio Buendía se le secó la mollera buscando la piedra filosofal" (CAS: p. 380).
Será ese primer Aureliano, el coronel, con sus poderes y "furor mágico", quien más se aproxime al logro de la "Gran Obra" y a descifrar los pergaminos de Melquíades. Sin embargo, el peso de las circunstancias, las luchas y persecuciones políticas y las necesidades de la vida cotidiana, lo obligarán a deponer su empeño y dedicarse a las labores más prosaicas de ganarse la vida haciendo uso de sus habilidades artísticas.
Se podría decir que esta es la superposición o la transposición biográfica que hace Gabriel García Márquez de los sucesos de su propia existencia con la vida del coronel Aureliano Buendía: periodista, luego exilado a causa de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, su trabajo con la agencia de prensa de la Revolución Cubana, perseguido político en Estados Unidos y refugiado en México, donde tiene que ganarse la vida con sus habilidades de "orfebre experto", escribiendo guiones para el cine y textos para publicidad.
Continuando con la descripción citada más atrás, el coronel Aureliano Buendía, antes de transformarse en "mago y hechicero", estuvo más interesado en la resolución de las cosas sencillas y prácticas de la existencia:
"Pero aún no había sentido la premonición de su destino. Era un orfebre experto, estimado en toda la ciénaga por el preciosismo de su trabajo. En el taller que compartía con el disparatado laboratorio de Melquíades, apenas si se le oía respirar. Parecía refugiado en otro tiempo, mientras su padre y el gitano interpretaban a gritos las predicciones de Nostradamus, entre un estrépito de frascos y cubetas, y el desastre de los ácidos derramados y el bromuro de plata perdido por los codazos y traspiés que daban a cada instante. Aquella consagración al trabajo, el buen juicio con que administraba sus intereses, le habían permitido a Aureliano ganar en poco tiempo más dinero que Úrsula con su deliciosa fauna de caramelo, pero todo el mundo se extrañaba de que fuera ya un hombre hecho y derecho y no se le hubiera conocido mujer. En realidad no la había tenido" (CAS: pp.63-64).
El proceso de formación y preparación para descifrar los pergaminos de Melquíades por parte del último Aureliano, tiene sus conexiones y correspondencias metafóricas, alegóricas, analógicas, como los lados antagónicos de una moneda, en el capítulo VI de Bajo el volcán.
Es en ese capítulo VI, en el cual la biblioteca de Aureliano se conecta y corresponde con la del Cónsul y su formación en alquimia, así como su actuación como hierofante, el maestro de nociones recónditas tanto de Aureliano como de Gabriel García Márquez:
"Al regresar con la botella de whisky que con acierto supuso que el Cónsul había ocultado en el aparador, dejo errar su mirada por los libros de Geoff, ordenados con pulcritud –en el dormitorio aseado donde no existía ningún indicio de que su ocupante realizase trabajo alguno o se propusiese hacerlo en el futuro, salvo la cama algo revuelta en la que evidentemente había estado acostado el cónsul- en los altos estantes que cubrían las paredes: Dogme et Rituel de la Haute Magie, El culto de la serpiente y de Shiva en América Central; de éstos, había dos largos estantes, junto con encuadernaciones de piel rojiza y bordes raídos de numerosos libros de alquimia y otros cabalísticos; aunque algunos, que parecían bastante nuevos como La clavícula del rey Salomón, probablemente fueran tesoros, el resto de una colección heterogénea: mogol, El Mahabhárata, Blake, Tolstói, Pontoppidam, Las Upánishands, un Marston en edición Mermaid, el obispo Berkeley, Duns Scoto, Spinoza, Vice Versa, Shakespeare, las obras compleltas de Taskerson, Sin novedad en el frente, El trinquete de Cuthbert, el Rig Veda y, Dios sabrá por qué, Petter Rabbit, "todo se resume en Petter Rabbit", solía decir el Cónsul" (BV: cap. VI, pp.205-206).
Antes que el último Aureliano, otros, como los gemelos, fracasaran y renunciarán a descifrar los pergaminos, porque tal labor exigía un tiempo y un destino establecido por Melquíades.
Así que será el último de todos los Aurelianos quien lo logré, no sin antes emprender y lograr la búsqueda de los aprendizajes requeridos para alcanzar la preparación necesaria que desate el desarrollo de los poderes y "furor mágico" indispensables para someterse a la iniciación que le permitirá descifrar los pergaminos de Melquíades y escribir Cien años de soledad:
"Aureliano no abandonó en mucho tiempo el cuarto de Melquíades. Se aprendió de memoria las leyendas fantásticas del libro desencuadernado, la síntesis de los estudios de Hermann, el tullido; los apuntes sobre la ciencia demonológica, las claves de la piedra filosofal, las centurias de Nostradamus y sus investigaciones sobre la peste, de modo que llegó a la adolescencia sin saber nada de su tiempo, pero con los conocimientos básicos del hombre medieval" (CAS: p. 403).
Su formación fue extensa y el proceso lento y difícil:
"Aureliano había terminado de clasificar el alfabeto de los pergaminos. Así que cuando Melquíades le preguntó si había descubierto en qué lengua estaban escritos, él no vaciló para contestar.
-En sánscrito -dijo.
Melquíades le reveló que sus oportunidades de volver al cuarto estaban contadas. Pero se iba tranquilo a las praderas de la muerte definitiva, porque Aureliano tenía tiempo de aprender el sánscrito en los años que faltaban para que los pergaminos cumplieran un siglo y pudieran ser descifrados. Fue él quien le indicó que en el callejón que terminaba en el río, y donde en los tiempos de la compañía bananera se adivinaba el porvenir y se interpretaban los sueños, un sabio catalán tenía una tienda de libros donde había un Sanskrit Primer que sería devorado por las polillas seis años después si él no se apresuraba a comprarlo. Por primera vez en su larga vida Santa Sofía de la Piedad dejó traslucir un sentimiento, y era un sentimiento de estupor, cuando Aureliano le pidió que le llevara el libro que había de encontrar entre la Jerusalén Libertada y los poemas de Milton, en el extremo derecho del segundo renglón de los anaqueles" CAS: p. 404).
Para lograrlo tuvo el consejo de Melquíades y buscó entre los libros de la librería del sabio catalán:
"Habían transcurrido más de tres años desde que Santa Sofía de la Piedad le llevó la gramática, cuando Aureliano consiguió traducir el primer pliego. No fue una labor inútil, pero constituía apenas un primer paso en un camino cuya longitud era imposible prever, porque el texto en castellano no significaba nada: eran versos cifrados. Aureliano carecía de elementos para establecer las claves que le permitieran desentrañarlos, pero como Melquíades le había dicho que en la tienda del sabio catalán estaban los libros que le harían falta para llegar al fondo de los pergaminos" CAS: p. 411).
[…]
"Aureliano no tuvo dificultad para rescatar de entre aquel desorden de fábula los cinco libros que buscaba, pues estaban en el lugar exacto que le indicó Melquíades. Sin decir una palabra, se los entregó junto con el pescadito de oro al sabio catalán, y éste los examinó, y sus párpados se contrajeron como dos almejas. «Debes estar loco» -dijo en su lengua, alzándose de hombros, y le devolvió a Aureliano los cinco libros y el pescadito.
-Llévatelo -dijo en castellano-. El último hombre que leyó esos libros debió ser Isaac el Ciego, así que piensa bien lo que haces" CAS: pp. 415-416).
Y, a pesar de las distracciones, los amigos y el amor:
"Siguió encerrado, absorto en los pergaminos que poco a poco iba desentrañando, y cuyo sentido, sin embargo, no lograba interpretar. José Arcadio le llevaba al cuarto rebanadas de jamón, flores azucaradas que dejaban en la boca un regusto primaveral, y en dos ocasiones un vaso de buen vino. No se interesó en los pergaminos, que consideraba más bien como un entretenimiento esotérico, pero le llamó la atención la rara sabiduría y el inexplicable conocimiento del mundo que tenía aquel pariente desolado. Supo entonces que era capaz de comprender el inglés escrito, y que entre pergamino y pergamino había leído de la primera página a la última, come si fuera una novela, los seis tomos de la enciclopedia. A eso atribuyó al principio el que Aureliano pudiera hablar de Roma como si hubiera vivido allí muchos años, pero muy pronto se dio cuenta de que tenía conocimientos que no eran enciclopédicos, como los precios de las cosas. «Todo se sabe», fue la única respuesta que recibió de Aureliano, cuando le preguntó cómo había obtenido aquellas informaciones" (CAS: pp. 422-423).
E incluyó los idiomas necesarios para descifrar los pergaminos:
"Cuando Gastón le preguntó cómo había hecho para obtener informaciones que no estaban en la enciclopedia, recibió la misma respuesta que José Arcadio:
«Todo se sabe.» Además del sánscrito, Aureliano había aprendido el inglés y el francés, y algo del latín y del griego" (CAS: p. 433).
Estaba listo. "Había sentido la premonición de su destino". El resto, es historia ya contada.
El próximo asunto que consideraré es el de las entrañables relaciones que con el cine mantuvieron tanto Malcolm Lowry como Gabriel García Márquez, lo cual tuvo especial influjo sobre su imaginación y sus escrituras. Otra historia que hay que desenrollar y proyectar sobre este mural de sombras. Ese es el tema del siguiente capítulo.
NOTAS
(1) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, pp. 6-7.
(2) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 7.

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