viernes, 15 de agosto de 2008

Segunda parte. Cap. 3. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad


Segunda parte

Capítulo 3

Lowry y García Márquez, exploradores de jardines, paraísos
e infiernos



El Jardín del Edén, el Paraíso Terrenal, el Paraíso Perdido, en fin, el motivo del jardín o del paraíso es uno de los símbolos más ricos en interpretaciones y en posibilidades de interpretación de las mitologías, religiones y cultos herméticos.

La novela de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, es uno de los bosques, de las selvas, con mayor profusión de símbolos y simbólica ella misma. Es, en anverso y reverso, por simetría, inversión y alternancia, un jardín, un paraíso, un infierno. El bosque de símbolos de Baudelaire. Jardín y paraíso de luz y tinieblas.

Igual, la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, por donde se la mire o se la lea.

¿Cuánto de Cábala, alquimia, esoterismo, tradición hermética o poesía y literatura, hay en ambos autores y en ambas novelas?

Como mí propósito no es el de desvelar todos esos misterios, me voy por la línea del menor esfuerzo, sólo propongo, a manera de ejemplo, hacer una comparación superficial de ambas novelas por el camino fácil, porque son muchas las conexiones y correspondencias (¿coincidencias?), en esos anverso y reverso, en esas simetrías, inversiones, alternancias, que pueden encontrarse, en la una y en la otra, sin apretar mucho ni la coincidencia ni la similitud ni la alegoría ni la analogía.

Tal el caso de aquellas imágenes extrañas y maravillosas y los portentos que en Bajo el volcán se presentan en los sueños, alucinaciones y delirios alcohólicos de Lowry/El Cónsul, así como en las circunstancias de los otros personajes. Mucho de lo cual y en relaciones de equivalencia o ambivalencia o referencia o inversión, es transmutado, en Cien años de soledad, en los sucesos extraordinarios y portentosos de la realidad macondina.

Sin mucho esfuerzo, las siguientes imágenes de Bajo el volcán tienen sus correspondencias en Cien años de soledad:

"[...] el campo de golf estaba desierto: amapolas amarillas y desgarradas se agitaban entre la espinosa vegetación marina. En la playa se extendían los restos de un bosque antediluviano entre los que sobresalían feos troncos ennegrecidos y más arriba un viejo y grueso faro abandonado. En el estuario había una isla en la que se alzaba un molino de viento como extraña flor negra, y podía llegarse hasta ella en bajamar montado en un asno" (BV: cap.1, p. 38).

En Cien años de soledad no será un campo de golf, sino un bosque antediluviano:

"Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español.
Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores" (CAS: p. 21).

Pero aún más, en ambas novelas, muchas de esas imágenes son motivo de interpretaciones alquímicas o cabalísticas: Flores o mariposas de oro o amarillas; huracanes de mariposas; diluvios de lluvias apocalípticas; invasiones de pájaros multicolores; un galeón español en medio de la selva; personajes que ascienden en cuerpo y alma o son arrebatados a las alturas; muertes extrañas o raras; olores, colores y aires que no son de este mundo; paisajes alegóricos, sobrenaturales o fantasmagóricos, etc., la lista sería motivo de una labor dispendiosa y merecida.

Si fuera necesario destacar un motivo de comunidad, casi carnal, para demostrar estas conexiones y correspondencias, llaman la atención las relaciones simétricas con las que operan la selva (el bosque de símbolos de Baudelaire), los paraísos y jardines entre ambos autores y ambas novelas.

Paraíso y jardín son motivos poderosos y antiguos de todas las mitologías, religiones, místicas, magias y, por supuesto, en la Cábala, la alquimia, lo esotérico, la tradición hermética, la poesía y la literatura, en las cuales se les ha dado significados ambiguos, ambivalentes y polivalentes de espacio y tiempo, cielo e infierno, mundo e inframundo, principio y fin, vida y muerte, construcción y destrucción, regeneración y degeneración, placer y dolor, felicidad y desgracia, en fin, el paraíso y el jardín operan en el mito, en la poesía y en la literatura, lo mismo como el reloj que mide el tiempo y aquello que sucede, simultáneamente, en el tiempo-espacio de los hombres y sus mundos o bien como pórtico o portal de ingreso y salida o bien de principio y fin.

En el principio de los principios o en el fin de los fines, está ese pórtico, el pórtico de paso al infra o al supramundo; el pórtico el de las correspondencias dantescas; el pórtico sobre el que se inscriben las tragedias; el pórtico, a través del cual, quien lo cruce, podrá acceder pero nunca salir sin consecuencias. Ese, también, el pórtico que da acceso al territorio donde se encuentran los Jardines-Paraíso-Infierno por los que se conectan, corresponden, yuxtaponen, superponen o contraponen, Bajo el volcán y Cien años de soledad.

En Bajo el volcán como en Cien años de soledad, los jardines y paraísos son eso y, todavía más. Operan en las narraciones y tramas de las dos novelas con similitudes asombrosas y simétricas. Pero, para forzar más la conexión, ambas novelas establecen una correspondencia evidente con la Divina comedia, de Dante Alighieri, porque ambas toman el motivo dantesco del pórtico o portal que está ahí, "en una selva oscura me encontraba", por donde se ingresa a ese periplo por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, que tanto el Cónsul e Yvonne como los Buendía y Macondo, tienen que recorrer para cumplir aquellas profecías por las que su redención es imposible y su destrucción ineludible.

En Bajo el volcán, ya desde el primer párrafo, ese pórtico es un pórtico telúrico marcado por "los dos volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl", Es allí donde se sitúa "La Selva". Pórtico que se cruza para ingresar al paraíso y a todos los Jardines/Paraíso/Infierno, desolados unos, ilusorios los otros: el jardín del señor Quincey; el jardín arruinado de Geoffrey; las ruinas de Maximiliano; los jardines públicos; el paraíso canadiense; el jardín del Infierno; el paraíso alcohólico del Cónsul, la selva...:

"... NEL MEZZO DEL maldito CAMMINI DI NOSTRA VITA MI RITROVAI IN... Hugh se echó en el sofá del porche.

En el jardín aullaban fuertes ráfagas del cálido viento" (BV: cap. 6, p. 179).

Un periplo por todos los jardines que es necesario recorrer antes de alcanzar ese último pórtico, al último jardín, aquel que será o la morada o la Nada, aquel que ha sido marcado por la enigmática inscripción en el capítulo V y al final de la novela:

"¿LE GUSTA ESTE JARDÍN,
QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!"
(BV: cap. XII, pp. 156 y 415).

Es bueno tener en cuenta que la versión que de esta misma inscripción le hace Malcolm Lowry a Jonathan Cape en su carta, presenta algunas diferencias que no voy a intentar explicar, por ahora. Allí Lowry escribió:

“¿Le gusta este jardín?
¿Por qué es suyo?
¡Expulsaremos a quienes lo destruyan!” (1).

Esa es la inscripción que pone el punto final de la novela y que anuncia que, al cruzar ese último pórtico, la profecía se ha cumplido para Geoffrey Firmin, el Cónsul, quien, al fin, por ese jardín, el Jardín del Edén y sus atributos cabalísticos, ha desvelado su secreto, su camino de salida del infierno hacia su última morada, la Nada, de lo que ya no sabremos más.

Pero, ¿qué significan los jardines para Malcolm Lowry? El mismo lo aclara en su carta a Jonathan Cape:

"Hay una clase de atributo de la palabra SOD que significa también jardín o jardín descuidado, según creo recordar, pues la Cábala es a veces considerada como un jardín, en el que se encuentra el Árbol de la Vida, relacionado por supuesto con aquel otro Árbol cuyo fruto prohibido nos permite el conocimiento del Bien y del Mal, y de nosotros mismos -la leyenda de Adán y Eva-" (2).

Se pueden establecer iguales conexiones y correspondencias con los Jardines/Paraíso/Infierno, desolados unos, ilusorios los otros, que luego, los Buendía y Macondo, también habitarán y cultivarán, por cien años, siguiendo sus propios senderos hasta su destino final, la muerte del último Buendía y al cumplimiento de las profecías.

Que no se olvide que el jardín de la casa de los Buendía siempre fue un territorio sagrado y mágico, paraíso e infierno, gloria y decadencia, construcción y destrucción, tanto para la familia y sus personajes como para la novela en sí misma.

A la epopeya de Cien años de soledad, como a la de Bajo el volcán, se ingresa, por un pórtico infernal, a un paraíso telúrico. Geoffrey Firmin, el Cónsul, Yvonne y Hugh, así como la expedición de José Arcadio Buendía con los futuros fundadores de Macondo, son y están en la misma condición de Dante en los primeros versos de la Divina comedia:

"CANTO I

A mitad del camino de la vida, 1
en una selva oscura me encontraba 2
porque mi ruta había extraviado. 3

¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento! 6

Es tan amarga casi cual la muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré,
de otras cosas diré que me ocurrieron. 9

Yo no sé repetir cómo entré en ella
pues tan dormido me hallaba en el punto
que abandoné la senda verdadera. 12

Mas cuando hube llegado al pie de un monte, 13
allí donde aquel valle terminaba
que el corazón habíame aterrado, 15

hacia lo alto miré, y vi que su cima
ya vestían los rayos del planeta
que lleva recto por cualquier camino. 18

Entonces se calmó aquel miedo un poco,
que en el lago del alma había entrado
la noche que pasé con tanta angustia. 21

Y como quien con aliento anhelante,
ya salido del piélago a la orilla,
se vuelve y mira al agua peligrosa, 24

tal mi ánimo, huyendo todavía,
se volvió por mirar de nuevo el sitio
que a los que viven traspasar no deja. 27

Repuesto un poco el cuerpo fatigado,
seguí el camino por la yerma loma,
siempre afirmando el pie de más abajo. 30

Y vi, casi al principio de la cuesta,
una onza ligera y muy veloz, 32
que de una piel con pintas se cubría; 33

y de delante no se me apartaba,
mas de tal modo me cortaba el paso,
que muchas veces quise dar la vuelta. 36

Entonces comenzaba un nuevo día,
y el sol se alzaba al par que las estrellas
que junto a él el gran amor divino 39

sus bellezas movió por vez primera; 40
así es que no auguraba nada malo
de aquella fiera de la piel manchada 42

la hora del día y la dulce estación;
mas no tal que terror no produjese
la imagen de un león que luego vi". 45


La oscura selva de Bajo el volcán se anticipa y se enmarca desde el primer párrafo del capítulo I:

"Dos cordilleras atraviesan la República, casi de norte a sur, formando en medio varios valles y planicies. ante uno de estos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar la ciudad de Quauhnáhuac" (BV: cap. I, p. 23).

Será en el capítulo V cuando esa selva se transmute de Jardín del Edén a pórtico por el cual Adán será expulsado del Paraíso, cuando aparece por primera vez la enigmática inscripción que, como ya anoté, también cierra la novela:

"¿LE GUSTA ESTE JARDÍN,
QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!"
(BV: caps. V y XII, pp. 156 y 415).

Lo más notable, para efectos de las conexiones y correspondencias que estoy estableciendo para ambas novelas, es el primer párrafo en cursiva todo de ese capítulo V, de inmensa significación simbólica y muy similar al párrafo de Cien años de soledad que citaré más adelante. Este es ese párrafo:

"Tras ellos caminaba el único ser viviente que compartiera su peregrinación: el perro. Y poco a poco llegaron al mar salobre. Luego, con almas bien disciplinadas, llegaron a la región del norte y contemplaron, con corazones que aspiraban al paraíso, la imponente montaña Himavat... sobre la cual el lago chapaleaba, florecían las lilas, el plátano brotaba, las montañas resplandecían, las cascadas se agitaban, la primavera era verde, blanca la nieve, azul el cielo, y las floraciones de los frutos eran nubes: y él seguía sediento. Luego, la nieve dejó de resplandecer; las floraciones de los frutos no fueron nubes, eran mosquitos; el polvo ocultó el Himalaya y él sintió más sed que nunca. Luego el lago soplaba, la nieve soplaba, las cascadas soplaban, las floraciones de los frutos soplaban, las estaciones soplaban, soplaban lejos, y el mismo soplaba lejos, arrastrado por una tormenta de floraciones hasta las montañas, donde ahora caía la lluvia. Pero esta lluvia, que caía en las montañas, no mitigaba su sed. Ni tampoco, al fin y al cabo, se hallaba en las montañas. Estaba de pie entre el ganado, en un arroyo. Descansaba, con algunos ponis a su lado hasta las rodillas en frescas ciénagas. Yacía boca abajo bebiendo de un lago en que se reflejaban cordilleras de albas cumbres, nubes que se amontonaban a ocho kilómetros de altura detrás de la imponente montaña Himavat, plátanos de color púrpura y un pueblo cobijado entre las moreras. Y sin embargo, su sed seguía sin apagarse. Acaso porque estaba bebiendo, no agua sino luminosidad y una esperanza de luminosidad -¿cómo era posible que estuviese bebiendo una esperanza de luminosidad?- Acaso porque bebía, no agua sino certidumbre de claridad -¿cómo era posible que bebiera certidumbre de claridad? ¡Certidumbre de claridad, esperanza de luminosidad, de luz, luz, luz y más luz, luz, luz, luz, luz!" (BV: cap. V, p. 153).

En camino a "la región del norte", "la región encantada", las dos expediciones:

La de José Arcadio Buendía y los fundadores de Macondo, como la Geoffrey Firmin, Yvonne, Hugh, también, al despertar del sueño y con el sol en alto, como Dante, se extravían en aquella selva oscura, jardín primordial, paraíso telúrico, de luz y tinieblas, al que tienen que cruzar, sin retorno posible, ni posibilidad de arribo a la meta originalmente buscada, imaginada, para, en cambio, sí arribar al espacio y tiempo trágico y maravilloso de Quauhnáhuac y de Macondo:

"José Arcadio Buendía ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que hacia el Oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde en épocas pasadas -según le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo- sir Francis Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la ruta del Norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura.

Los primeros días no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de naranjos silvestres. Al término de la primera semana, mataron y asaron un venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el sol. El suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más lejanos los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el mundo se volvió triste para siempre. Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se hundían en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios sangrientos y salamandras doradas. Durante una semana, casi sin hablar, avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos y con los pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían regresar, porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos. «No importa -decía José Arcadio Buendía-. Lo esencial es no perder la orientación.» Siempre pendiente de la brújula, siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español.
Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores." (CAS: p. 19-21).

Desde este pórtico telúrico, los Buendía y Macondo ingresan y recorren, durante cien años, 10 paraísos y 21 jardines (ver Apéndice 1), desde el primer jardín de Úrsula:

"Entonces sacó el dinero acumulado en largos años de dura labor, adquirió compromisos con sus clientes, y emprendió la ampliación de la casa. Dispuso que se construyera una sala formal para las visitas, otra más cómoda y fresca para el uso diario, un comedor para una mesa de doce puestas donde se sentara la familia con todos sus invitados; nueve dormitorios con ventanas hacia el patio y un largo corredor protegido del resplandor del mediodía por un jardín de rosas, con un pasamanos para poner macetas de helechos y tiestos de begonias" (CAS: p. 68).

Hasta el último e ineluctable, aquel jardín, en cuyo sendero de piedras, las hormigas rojas ejecutan el cumplimiento de las profecías de los pergaminos:

"Y entonces vio al niño. Era un pellejo hinchado y reseco que todas las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia sus madrigueras por el sendero de piedras del jardín. Aureliano no pudo moverse. No porque lo hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: El primero de lo estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas" (CAS: pp. 468-469).

El último e ineluctable jardín, paralelo o simultáneo a aquellos jardines en los que se ejecuta, en Bajo el volcán, los destinos anunciados, primero, el de Yvonne:

"La selva se cerró sobre ellos y los volcanes se borraron. Con todo, no caían aún las tinieblas. Del arroyo que corría junto a ellos emanaba un resplandor. Brillando como estrellas en la penumbra, enormes flores amarillas con aspecto de crisantemos crecían a ambos lados del agua. La buganvilla silvestre -de color rojo ladrillo a media luz-, y ocasionalmente se destacaba algún arbusto de blancas campánulas con los estilos hacia abajo, y de cuando en cuando un letrero clavado a un árbol, tosca y deteriorada flecha, señalaba con palabras apenas visibles: "a la Cascada"..." (BV: cap. XI, p. 354).

Luego, el de Geoffrey Firmin, el Cónsul:

"De pronto, gritó y fue como si este grito fuera proyectado de árbol en árbol, como si sus ecos regresasen y, luego, como si los árboles se cerraran sobre su cabeza, apiñados, inclinándose sobre él, compadecidos... Alguien tiró tras él un perro muerto en la barranca.

"¿LE GUSTA ESTE JARDÍN,
QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!"
(BV: cap. XII, p. 415)

Hipotética o herméticamente se podría decir que los paraísos y jardines de Bajo el volcán y de Cien años de soledad, son uno o el mismo.

NOTAS

(1) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios..., Tusquets, Barcelona, 1984, p. 63).

(2) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios..., Tusquets, Barcelona, 1984, p. 42).

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