Segunda parte. Cap. 5. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Segunda parte
Capítulo 5
Las ruedas de la fortuna y del eterno retorno girando en ambas novelas
En la literatura como en el arte, la imaginación del hombre es el universo: un círculo, una esfera, una rueda, infinito, inabarcable, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Así que, antes de detener esta exploración en un último viaje en tren, voy a dejar rodar la rueda del destino en el punto exacto en el que se inicia su eterno retorno.
Al igual que en Bajo el volcán, en Cien años de soledad las referencias a la rueda como motivo simbólico y narrativo son amplias. Las de Malcolm Lowry son más evidentes y precisas, mientras que las de Gabriel García Márquez, salvo en una breve escena, parecieran hacer circular todo Cien años de soledad como una gran rueda del destino.
Sin embargo, ambas novelas funcionan como tal, son un giro de la rueda de los acontecimientos que se inician en un día del pasado y que concluyen en un día, en un presente eterno, cuando se cuentan o se descifran los pergaminos que contenían sus profecías.
Esa rueda del destino inicia su giro, en Bajo el volcán, el mismo día, un año después de que se ha consumado la tragedia de Geoffrey Firmin, el Cónsul, Yvonne su esposa, quien ha regresado para tratar de restaurar su matrimonio y de Hugh, el hermano del Cónsul, quien va de paso hacía España para luchar, como miembro en la Brigada Internacional, contra el fascismo en la Guerra Civil española.
Casi tres páginas después de iniciada la narración, en el capítulo I de Bajo el volcán, en las rememoraciones de M. Laruelle, aparece lo siguiente:
"Cuanto había sucedido un día como hoy exactamente el año anterior parecía parte ya de una era distinta. Podría creerse que los horrores del presente lo habían absorbido como una gota de agua. Pero no era así" (BV: cap. I, p. 25).
Es el punto de partida para una narración que M. Laruelle empezará a evocar:
"Sin embargo, poco menos de un año antes este lugar había sido testigo de una despedida que nunca olvidaría" (BV: cap. I, p. 28).
Así como los motivos de estos recuerdos:
"[...] recordó aquel viaje en auto con Yvonne y el cónsul a lo largo del lecho del lago, antaño cráter de un inmenso volcán..." (BV: cap. I, p. 31).
Y lo que explica el motivo por los cuales se evocan estos recuerdos:
"Una vez al año los muertos viven por un día" (BV: cap. I, p. 62).
En Cien años de soledad, la primera frase de la narración se sitúa en un tiempo pasado, intermedio para el giro de la historia, el cual se establece por un recuerdo que ya no es marcado por "una gota de agua", sino por un trozo de hielo:
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo" (CAS: p. 9).
El giro de esa rueda del destino tanto en Bajo el volcán como en Cien años de soledad concluye y se inicia en un momento -pasado y presente, resurrección y muerte- en el cual se consuma el Apocalipsis que da origen a ambas narraciones.
Como en Cien años de soledad Gabriel García Márquez no explica la mecánica de sus símbolos, sino que los pone en funcionamiento, será necesario recurrir a los escritos de Malcolm Lowry para explorar sus estructuras y descripciones.
Esta rueda del destino es un motivo poderoso en Bajo el volcán y en las cartas de Malcolm Lowry, tal y como lo explicó a Jonathan Cape:
"Afuera, en la oscuridad de la noche se mueve una rueda luminosa.
"Se trata por supuesto de la rueda de la fortuna instalada en la plaza, pero también es, si no tiene usted inconveniente, muchas otras cosas: es la rueda de la ley de Buda (véase en el capítulo VII), es la eternidad, es el instrumento del eterno retorno, la recurrencia eterna, y es la forma del libro; o superficialmente puede verse simplemente en un sentido pura y evidentemente cinematográfico como un símbolo del retorno del tiempo que nos conduce hacia un año atrás y al capítulo II, y en ese sentido, si queremos, podemos considerarla como el resto del libro, a través de los ojos de Laruelle, como si fuera su creación". (1).
Pero es en el capítulo VIII donde la rueda del destino es definida y descrita para operar tanto para Bajo el volcán como para Cien años de soledad.
Empiezo por señalar el origen de esa "Máquina infernal":
"El Cónsul se acabó el contenido de la coctelera y bajó en silencio, recogió un libro exhalando un profundo suspiro: Era La machine infernale, de Jean Cocteau (2). "Oui mon enfant, mon petit enfant", leyó, "les choses qui paraissent abominables aux humains, si tu savais, de l'endroit oú j'habite, elles on peu d'importance". "Podríamos tomarnos una copa en la plaza", dijo cerrando el libro y volviéndolo a abrir: "sortes shakespereane". "Los dioses existen, son el demonio", le informó Baudelaire" (BV: cap. VIII, p. 242).
Esa rueda que en realidad es:
"[...] la rueda de la ley, que gira" (BV: cap. VIII, p. 252).
Cuya operación simbólica, descripción y funcionamiento es:
"Aquí estaba este minúsculo Popocatépetl cobijando lejos de las vertiginosas máquinas volantes, lejos de la Gran Rueda que existía... ¿para quién?, se preguntó el Cónsul. Sin ser para niños ni para adultos, se alzaba, vacío, al igual que puede imaginarse desierto el tiovivo de la adolescencia si la juventud sospecha que ofrece una diversión en apariencia tan inocua y elige lo que en la plaza misma desfallece en elipses agonizantes bajo el gigantesco pabellón.
El Cónsul prosiguió su camino, titubeando aún; le pareció que ya las tenía todas consigo de nuevo, y se detuvo:
"¡BRAVA ATRACCIÓN!
10 C. MÁQUINA INFERNAL"
leyó impresionado, en parte por cierta coincidencia. Emocionante atracción. La inmensa máquina de acrobacias rizada, vacía, que giraba sin embargo a toda velocidad por encima de su cabeza en esta sección inactiva de la feria, recordaba algún inmenso espíritu maligno dando alaridos en su infierno solitario, retorciendo sus miembros, batiendo el aire como las paletas de una rueda. Oculta por un árbol, no la había advertido antes. La máquina también se detuvo..." (BV: cap. VIII, pp. 254-255).
Es esa rueda a la que es arrastrado el Cónsul para ser transmutado:
"El Cónsul, como aquel pobre loco que traía la luz al mundo, permaneció colgado sobre el vacío, boca abajo, con sólo un fragmento de alambre trenzado entre él y la muerte. Allí, por encima de su cabeza, pendía el mundo con su gente que se extendía hacia él, a punto de desprenderse del camino para darle en la cabeza o al cielo. 999" (BV: cap. VIII, pp. 255-256).
Los aspectos alquímicos de esta rueda del destino los explica Perle S. Epstein:
"Al aproximarse a la gran rueda del parque de diversiones, la "Máquina Infernal", llama la atención del Cónsul una "coincidencia", pues acaba de echar una mirada al libro de Cocteau y es como si fuera "arrastrado inexorablemente" al lugar donde puede ver este "enorme espíritu del mal gritando en su infierno solitario, retorciendo sus miembros y azotando el aire como con batanes. Oculta por un árbol, no la había visto antes". (Esto es, no se había enfrentado con la rueda del Karma porque estaba oculta tras el árbol de la vida. Dispuesto ahora a "vencer" a la muerte, se ve "inexorablemente" arrastrado a someterse a la prueba". En estado de trance, sube a la rueda y se encuentra "solo, en un pequeño confesionario", identificado en realidad con las atormentadas figuras de Prometeo e Ixion. Suspendido sobre la tierra cabeza abajo ("un individuo que ha experimentado la visión tetradimensional, al... volver a entrar en la conciencia tridimensional, ve las cosas "invertidas"... Para él, dentro de esta sabiduría superior, la virtud y el vicio son equivalentes, pues ambos son ilusiones cuando los compara con la realidad...". Fuller, La sabiduría secreta de la cábala. Compárese también con el hombre colgado del Tarot), ve el anuncio "666" como "999" ("En el Día del Juicio, aunque haya 999 que condenen a un hombre, se salvará si uno sólo ruega por él. Westcott, Números)" (3).
La "Máquina Infernal" de Bajo el volcán es y no es la misma rueda que gira en Cien años de soledad. Es, como si las instrucciones que escribiera Malcolm Lowry, fueran una guía que dirige la escritura de la historia de cien años de una familia y un pueblo, cuya existencia estaba en la memoria de Gabriel García Márquez, pero cuya cartografía era necesario desentrañar de los ocultos y oscuros territorios de los delirios oníricos y alcohólicos de Malcolm Lowry en Bajo el volcán.
La rueda de Cien años de soledad es también como aquella "Máquina infernal". Es "la rueda de la ley, que gira", "es la eternidad, es el instrumento del eterno retorno, la recurrencia eterna, y es la forma del libro", es la rueda de la historia de la familia Buendía, la rueda de su destino circular escrito en naipes y pergaminos, la que transforma a la propia novela en una "Máquina infernal":
"Cuando Aureliano se lo dijo, Pilar Ternera emitió una risa profunda, la antigua risa expansiva que había terminado por parecer un cucurrucuteo de palomas. No había ningún misterio en el corazón de un Buendía que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencia le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje" (CAS: p. 448).
¡Es la misma "Máquina infernal" a la que son "arrastrados inexorablemente" los Buendía y Macondo con ellos.
Así no lo queramos, esa rueda, esa "Máquina infernal", ya no se detendrá, nadie podrá detenerla, ni nadie podrá decir ni podrá ocultar la última palabra, porque el cataclismo final en ambas novelas es el punto del círculo donde termina un giro y se repite el siguiente de ese eterno retorno.
Por algo sería... Por algo todo será como tiene que ser:
¡Paradoja de paradojas! Que de las oscuras y delirantes páginas de Bajo el volcán pudiera emerger algo tan portentoso como para aportar a la inspiración de la escritura de Cien años de soledad, novela de cataclismos bajo el sol, en donde la oscuridad corre por la sangre, en contraste con su modelo que es un volcán de cataclismos en la oscuridad de las tinieblas interiores de sus personajes y en donde la sangre busca la luz y el fuego. Luz :: Oscuridad :: Oscuridad :: Luz, simetría de contrarios.
NOTAS
(1) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios..., Tusquets, Barcelona, 1984, p. 42.
(2) Jean Cocteau (1889-1963), La máquina infernal (1934).
(3)Perle S. Epstein, El laberinto privado de Malcolm Lowry, Monte Ávila, Caracas, 1975, pp. 163 y 167.
viernes, 15 de agosto de 2008
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