Segunda parte. Cap. 1. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Segunda parte
Capítulo 1
Una fórmula alquímica y surrealista para el "realismo mágico"
Con lo dicho hasta ahora el cuadro se ha ido completado, todos lo códigos se corresponden: Viajes, autobús, cañón o barranca, los zopilotes, cine y, al fin, Malcolm Lowry / Melquíades. La clave del criptograma puede ser descifrada, el mensaje secreto puede ser leído.
Es una historia alquímica y surrealista que, como los pergaminos de Melquíades, sólo hasta el final revelaran todos sus secretos.
Es necesario retornar de nuevo a la alquimia para encontrar otra luz y la claridad:
Bajo el volcán (publicada en inglés en 1947 y en español en 1964) fue escrita por Malcolm Lowry, "bajo" la influencia de la Cábala, la magia, la alquimia, en fin, de cuanta literatura y doctrina ocultista o esotérica le cayó a Lowry bajo los ojos.
La mejor información sobre el asunto de Malcolm Lowry y la Cábala, está en: Perle S. Epstein, El laberinto privado de Malcolm Lowry, Monte Ávila, Caracas, 1975.
El tema de la alquimia y el ocultismo en Cien años de soledad y en las obras posteriores de Gabriel García Márquez, está pendiente de ser explorado. Leí: Guillermo Samperio, Muerte y alquimia en Cien años de soledad, bastante ilustrativo, pero insuficiente.
El asunto de la alquimia y el ocultismo es complejo y difícil porque las formas de sus expresiones son, la mayor parte de la veces, metafóricas y simbólicas, tan herméticas o subjetivas que las conexiones y las correspondencias que se puedan establecer, siempre serán de libre interpretación a menos que se comparta el código.
Por ello, las conexiones y correspondencias que se establezcan entre Bajo el volcán y Cien años de soledad, deberán ser asumidas como posibles interpretaciones y traducciones de un código que oculta un secreto.
Para empezar a contar mi cuento bajo esa perspectiva, se me ocurre pensar que, más que al propio Melquíades, como han explorado algunos críticos, es todo Cien años de soledad el que le debe a la "alquimia y al ocultismo" más de lo que se cuenta.
Por el influjo de la alquimia, se puede decir que en las escrituras de Malcolm Lowry y Gabriel García Márquez se hace patente el poder transmutador de una alquimia literaria que, como todo lo de la literatura, toma materias de "aquí y de allá" para realizar la "Gran Obra", el "Opus Magnum", la Obra Maestra.
Para ser más exactos, es más lo que Gabriel García Márquez y Cien años de soledad le deben a Malcolm Lowry y a Bajo el volcán que a la alquimia. Y, ese es un asunto que a nadie se le ha ocurrido mencionar... hasta este momento.
Así las cosas y como en la literatura nada es inocente ni absoluto, me atrevo a proponer mis hipótesis descabelladas y que quien tenga algo que decir, que lo diga:
El "realismo mágico" de Cien años de soledad es la síntesis alquímica y maravillosa de variadas materias, en cuya fórmula o receta participa, en primer lugar: el universo onírico de los surrealistas, pero del surrealismo de los alemanes y españoles, el que Luis Buñuel y los otros exiliados llevaron a México. El surrealismo que Octavio Paz profesaba y divulgaba. O, del surrealismo que Gabriel García Márquez pudo conocer en su estancia europea y parisina de 1955-1957. O, aun de otros antecedentes más antiguos de la literatura latinoamericana, como lo desvela Carlos Fuentes en su discurso:
"La suerte estaba echada. Yo me fui a Europa por segunda vez. Ya había estado allí en 1950".
[...]
"Octavio Paz me condujo a una galería de la Place Vendôme donde se exhibía un solo cuadro, titulado Europa después de la lluvia, cuyo autor, Max Ernst, allí presente como un vigía de su propia obra, había pintado un paisaje lacerante, alucinado, de excrecencias pétreas. Miré los ojos intensamente azules bajo la corona blanca de Ernst y al ver la pintura, me pregunté si el verdadero surrealismo solo se dio en Alemania y en España, países de imaginación mágica popular, como lo demostraba ese mismo años de 1950 Luis Buñuel con Los olvidados, en Cannes, y no en la Francia cartesiana, donde André Breton escribía con la corrección del duque de Saint-Simon en la Corte de Luis XVI.
Con razón, hacia 1930, tres jóvenes escritores latinoamericanos -Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietri y Alejo Carpentier- se detuvieron un rato en el Pont des Arts sobre el Sena y decidieron echar al río el surrealismo francés, innecesario -proclamaron- en una Iberoamérica donde abundaba "lo real maravilloso" (1).
Alquimia que toma materias nobles para crear la piedra filosofal del "realismo mágico". Materias como el "surrealismo del delirium tremens" de Malcolm Lowry en Bajo el volcán; el surrealismo de Luis Buñuel en Un perro andaluz (con Salvador Dalí en 1929), La edad de oro (1930), Los olvidados (1959), Nazarín (1958), o las películas realizadas por la época de Gabriel García Márquez en México: El ángel exterminador (1962), Diario de una camarera (1964). El "surrealismo rulfiano" en El gallo de oro, Pedro Páramo y El llano en llamas y, por supuesto, ese "surrealismo mágico rural" que se manifestaba en el cine mexicano de los primeros años sesenta.
"Real maravilloso", "realismo mágico", son ya términos de teoría literaria, pero que, para 1962, apenas estaban siendo bautizados por los críticos académicos cuando Gabriel García Márquez llegó a México. Eran, en ese momento, sólo la sustancia esencial que fluía en el ámbito cultural y artístico mexicano. El de los escritores, pintores, cineastas, ensayistas, etc., con los que él se relacionó y quienes lo acogieron con la exaltada hospitalidad, de la que han dado buena cuenta tanto los protagonistas como los estudiosos de su vida y obra.
Así que no es descabellado afirmar que Gabriel García Márquez conoció, en el más íntimo sentido, todas esas materias y muchas otras obras conectadas por esa sustancia esencial con la que se buscaba crear un propio "realismo mágico latinoamericano", del que Carlos Fuentes fue un descubridor y precursor. Sustancia que, también y con toda seguridad, Gabriel García Márquez fue sintetizando en sus propios escritos de la época: sus cuentos y guiones, así como en aquella primera versión, destruida, de El otoño del patriarca.
Al escribir para el cine, Gabriel García Márquez, debió descubrir los secretos de la reescritura, esa que consiste en reescribir un texto literario propio o de otra persona para convertirlo en soporte, en guión, con el cual y a partir de cual se realice una película.
Algo similar a lo que ocurre en el periodismo, cuando el periodista escribe a partir de lo que otros le cuentan y de lo que él ha visto, para crear su propia noticia, crónica, reportaje, o lo que sea. Y en periodismo, Gabriel García Márquez ya era un maestro literario.
En literatura, a este proceso de reescritura se le conoció, en tiempos ya remotos, con el término de palimpsesto, cuyo significado, en el sentido original de su definición es:
"Manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente".
O, más literaria, la definición de Jorge Luis Borges en el Pierre Ménard, Ficciones, cuando dice que es un texto
"En el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la "previa" escritura de nuestro amigo".
Palimpsesto, técnica literaria que se denominó de esa manera hasta que los filósofos de la literatura, el texto y la lingüística, así como los teóricos y críticos literarios comenzaron a tratar de desvelar los secretos y misterios del texto literario y, a partir de allí, inventaron mil y una maneras para denominar aquello que se hace cuando se escribe tomando como modelo un texto o ideas de otra persona para escribir un texto nuevo, original y propio, a veces, extraordinario.
Hay que pensar que el descubrimiento de esa reescritura debió fascinar a Gabriel García Márquez, junto con todo lo nuevo que debió aprender con Carlos Fuentes y con quien sabe cuantos más, sobre eso que ahora llaman intertextualidad o cómo quiera que eso se llamara en esa época o cómo se llame ahora. Era ese un asunto sobre el que Carlos Fuentes, dadas su formación y sus previas experiencias europeas, ya tenía conocimiento, experiencia y práctica narrativas, desde antes de conocer a Gabriel García Márquez.
La fascinación debió ser portentosa, macondina, porque, a partir de allí, Gabriel García Márquez ya pudo montar su retorta alquímica en la cual someter a transmutación todos los materiales de su imaginación de su memoria y el bagaje de su formación, los recuerdos y las pulsiones de su subconsciente, todo ello, para ser mezclado y destilado, junto con la acumulación de los materiales literarios de su memoria de lector incontinente, todo lo cual sería la materia primordial que le permitirían escribir una nueva y original obra plena de conexiones, correspondencias, nexos, proyecciones y profundidades inconmensurables, cuyo resultado fue Cien años de soledad.
Asunto más que corroborado, puesto que Cien años de soledad ha sido considerada una novela paradigma por los posmodernos intertextualistas.
Como "la práctica hace el maestro", todo lo que Gabriel García Márquez ha escrito después, ya más con deliberada consciencia de materia y con labor de orfebre intertextualista, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, Memoria de mis putas tristes, que, si se les mira bien y con exceso posmodernista, son el indudable resultado de aquellas primeras experiencias intertextuales mágico-realistas.
Considero que los ensayos previos de ese método, antes de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez los realizó en el fallido intento del destruido original de El otoño del patriarca y, en los ya efectivos de su libro de cuentos Los funerales de la Mama Grande, de los cuales, finalmente, es en el cuento que le da título al libro, donde, además, encontró ese otro elemento maravilloso, fundamental y monumental que hace de Cien años de soledad una obra literaria maravillosa, única y exclusiva, eso que se llama: el tono.
Si se piensa en que toda la teoría literaria del siglo XX se dedicó a esclarecer, hasta en los mínimos detalles, los misterios de la escritura de las obras literarias y que algunas de esas teorías llegaron hasta la exageración de afirmar que toda la literatura no era más que una reescritura, es posible, en alguna parte, hacer una transacción a medias y partir, por partes iguales y significativas, entre los extremos de toda esa teorización y poder afirmar que, en toda obra literaria se sintetizan, evolucionan y mutan elementos de toda la historia de la literatura, en general, y de algunas obras específicas, en particular. El mismo Carlos Fuentes lo corrobora en la carta enviada a Julio Cortázar y citada en su discurso:
"Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una re-generación infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin".
Entonces, se puede preguntar, ¿cuál o cuáles son las obras literarias específicas de las que, en mayor o menor grado, se sirvió Gabriel García Márquez en Cien años de soledad como palimpsesto y materia a sintetizar?
Ese es un trabajo al que le han gastado tiempo y esfuerzos los críticos desde el mismo momento en el que Cien años de soledad se volvió famosa: que William Faulkner, que Rebeláis, que Virginia Woolf, que Hawthorne, que Dos Pasos, y, en fin, que muchos otros. La lista crece cada día y, ahora, conmigo, le agrego otro nombre más con mis hipótesis descabelladas.
Nadie, que yo sepa, ha mencionado a Malcolm Lowry y a su novela Bajo el volcán. Una obra de culto y reverencia en México, antes, en y después de la época mexicana de Gabriel García Márquez. Novela a la que se le han reconocido sus evidentes materiales y sentidos cabalísticos, alquímicos, esotéricos, herméticos, etc., también, simbólicos y metafóricos y, por supuesto, literarios, como ya lo dije antes.
Es por ello que me atrevo a afirmar, como ya también lo dije antes, que esa nueva fiebre alquímica y esotérica de Gabriel García Márquez en México (la anterior se remonta a Barranquilla y al catalán, Ramón Vinyes), le fue contagiada por Malcolm Lowry y su novela Bajo el volcán y en ella encontró los usos simbólicos y de los significados más extremos de la Cábala, la alquimia, lo hermético, etc., en la literatura.
Esa conexión es muy fácil de afirmar, baste con pensar y atar las convergencias, tal y como me lo dijo Gustavo Arango en nuestro intercambio de correos electrónicos sobre el tema del origen de Melquíades y su relación con Clemente Manuel Zabala:
"Creo que hay aspectos de Melquíades que se identifican con la figura del maestro, pero me parece que el personaje le debe más a las lecturas sobre alquimia y ocultismo que García Márquez estaba haciendo por los tiempos en que escribió la novela".
Ahora sólo hace falta que Gabriel García Márquez confiese que esa fue la época en que leyó a Malcolm Lowry y a su novela Bajo el volcán, para que el círculo de la afirmación se cierre. Nada del otro mundo.
Lo que si está bien establecido es que Ramón Vinyes le habían recomendado y facilitado libros y lecturas relacionadas con esos temas, cuyos títulos no sería difícil averiguar y a cuyo reconocimiento están dedicadas muchas páginas de Cien años de soledad.
Al fin y al cabo, Ramón Vinyes era un conocedor de la España judía y mozárabe de Abraham Abulafia, de Joseph Gikatila, de Moisés de León, el de El Zohar, de Isaac Luria. La España al-Andalusa de Salomón Ibn-Gabirol (Avicebrón); la España cristiana y cabalística de Raimundo Lulio que influye en el Renacimiento italiano a través de Pico de la Mirándola, Cornelio Agrippa y Jacob Böhme, quienes, a su vez, fueron punto de posterior convergencia para los hermetistas, alquimistas visionarios que les siguieron en la cultura occidental de los últimos cinco siglos.
También hay que agregar a los árabes, los griegos, los latinos, Petrarca y Dante, las novelas de caballería y la poesía clásica española y el romancero y el Renacimiento, etc. En los asuntos de los clásicos es donde entran en el reparto de formadores literarios de Gabriel García Márquez: Clemente Manuel Zabala y Gustavo Ibarra Merlano, Héctor Rojas Herazo.
Todo ello es materia reconocida, aceptada y legitimada, por el mismo Gabriel García Márquez, sus amigos y sus estudiosos, como parte de su formación literaria.
Aun cuando falta el estudio completo de las influencias de los temas de la alquimia y el ocultismo en Cien años de soledad y en Gabriel García Márquez, ese asunto es también materia aceptada. Sin embargo, sobre eso, es más lo que falta que lo que hay.
Como bien se sabe, Gabriel García Márquez ha sido un maestro del ocultamiento, el mimetismo, el camuflaje, el disfraz, las máscaras, el mamagallismo.
Pienso que, si bien esas mitomanías hacen parte de los recursos, del repertorio y de las técnicas literarias, en Gabriel García Márquez, podrían rastrearse otras motivaciones, conscientes y subconscientes, que involucran algunos aspectos oscuros de su personalidad y biografía, con los cuales ha jugado a ocultar, encubrir y descubrir, a su propia conveniencia.
Uno de de los aspectos más notorios de esa mitomanía de Grabriel García Márquez, es aquel que explica Gustavo Arango sobre el sentimiento que él tenía de sus recuerdos y relaciones con los personajes, circunstancias y su propia historia, de sus épocas de Cartagena y Barranquilla. En especial, su misteriosa y secreta vida nocturna o, así como lo de sus deudas en la formación y desarrollo intelectual durante esa época en Cartagena, expuestas por primera vez, pero con desafortunada intención, por Jorge García Usta.
Por fortuna, esas historias cartageneras fueron retornadas a sus debidas proporciones y mejor informadas por Gustavo Arango, en su libro: Un ramo de nomeolvides, García Márquez en El Universal, en el que expone los pormenores del trabajo de Gabriel García Márquez en ese periódico de Cartagena, así como sobre sus ambiciones de escritor, su vida social y cultural.
Se podría mirar un poco más adentro de las tinieblas interiores de Gabriel García Márquez y pensar que para él no debió ser fácil aceptar que, luego del éxito de sus primeros cuentos publicados en Magazine de El Espectador, los personajes de Cartagena le enrostrarán las evidentes influencias kafkianas en ellos y le llamaran la atención sobre sus vacíos intelectuales y literarios, clásicos y modernos.
Su orgullo y ambición debieron resentirse, al mismo tiempo que extasiarse, porque, a pesar de ello, le reconocieron, en abundancia, su talento y capacidad, adoptándolo como protegido y discípulo, de lo cual obtuvo beneficios inmensos, en especial de parte de Clemente Manuel Zabala, Gustavo Ibarra Merlano y Héctor Rojas Herazo, a los que, desde entonces, si bien no les ha negado su reconocimiento, si les ha ocultado la debida gratitud por el inconmensurable valor de su deuda.
De ahí que piense que, ese mecanismo de ocultar, encubrir/descubrir de su personalidad, también se ha instalado y opera en su escritura, razón por la cual, al intentar desvelar sus intertextualidades, antes que emprender la búsqueda de las similitudes y las simetrías, también es necesario dirigir la exploración a establecer las diferencias y las asimetrías, el anverso y el reverso.
Por supuesto, tratándose de un interesado en la alquimia, lo oculto, la magia, la Cábala, lo esotérico, lo hermético, el secreto y el misterio, nada deleznables deben ser, también, la infinidad de símbolos, alegorías, metáforas, inversas, bizarras y a contracorriente, que deben rondar por todas las páginas de sus obras.
Con esta información y todas esas hipótesis descabelladas, es posible ahora aventurarse un paso más allá en esta exploración.
Ya está demostrado que fueron Malcolm Lowry y su novela Bajo el volcán los que provocaron ese golpe sobrenatural que recibió Gabriel García Márquez "en el camino de Acapulco", lo que, con Carlos Fuentes, según la "estratagema" de Mercedes Barcha, fue convertido en el mito del "nacimiento" de Cien años de soledad.
Pero, eso no fue todo. Debió incorporarse mucha más materia y sustancia de Malcolm Lowry y de Bajo el volcán en el proceso de escritura de Cien años de soledad.
Ahora ya es posible iniciar una búsqueda que pueda demostrar que Bajo el volcán fue una de las obras literarias más sustanciales en la concepción, gestación y conformación de Cien años de soledad, bien por su influjo cabalístico, oculto, mágico, hermético, fácil de establecer, o bien, por sus relaciones de intertextualidad y palimpsesto, similitudes y simetrías, diferencias y asimetrías, en fin, de influencia directa o indirecta.
A esa empresa se dirigen los capítulos siguientes.
NOTAS
(1) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007 (609 p.), pp. XX-XXI.
viernes, 15 de agosto de 2008
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