Primera parte. Cap. 8. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 8
Las Sonatas que inspiraron el "tono"
de Cien años de soledad
El cine para García Márquez fue algo más que la realización de un sueño o una forma de ganarse la vida y de conocer amigos en sus primeros años en México, fue una escuela en la que adquirió la formación y experiencias que lo prepararían para la escritura de Cien años de soledad y de todo lo que escribió después.
No puede ser casualidad que Carlos Fuentes iniciara su discurso de Cartagena con esa historia y con ella, el contexto de las pistas y claves encriptada allí. Por ello voy a proceder a desentrañar esa madeja de conexiones y correspondencias entre Gabriel García Márquez, el cine y Carlos Fuentes, las cuales también hacen parte de todo este cuento de secretos y misterios a lo Henry James.
Este será un asunto que, para el caso, aparece como ajeno, lejano y extraño, pero que como demostraré más adelante es otra urdimbre de conexiones y correspondencias clandestinas ocultas por un código hermético que es necesario romper para desvelar.
Se me ocurrió que, en el territorio clandestino y secreto de la génesis de Cien años de soledad, existe otro elemento determinante y fundamental que es indispensable encontrar e incluir en el contexto de las cualidades y características que hacen de la escritura de la novela no sólo una obra maestra del arte única y extraordinaria, sino otra de las áreas de su misterio y secreto:
¿En dónde se origina ese peculiar y maravilloso "tono" que hace sonar su lectura con una extraña mezcla musical entre clásica barroca y afro-caribeña?
Es bien evidente que ese "tono" en muy poco podía haberse inspirado en el "tono" de Bajo el volcán, salvo en una posible pero genérica correspondencia: que se pueda relacionar el "realismo mágico" garcíamarquiano, como ya lo había demostrado antes, con esa escritura de "delirium tremens" de Malcolm Lowry y con el universo onírico de los surrealistas o con la música popular mexicana que suena en Bajo el volcán.
Esta demostración se inicia, como, en casi todo lo relacionado con Gabriel García Márquez y su obra, en que también existe, en el proceso creativo de Cien años de soledad, además de todos los anteriores, otro mito, otra leyenda, otra historia o todo lo anterior, de la misma naturaleza o más misterioso que lo ya desvelado.
Lo cierto del caso es que todos los mitos, leyendas o historias sobre Cien años de soledad se pueden afirmar o negar, ser legitimados o invalidados, totalmente o medias, tal y como lo hacen el mismo Gabriel García Márquez, sus amigos y sus críticos más cercanos.
Este otro ¿mito, leyenda o historia?, se origina en los tiempos anteriores a la "anunciación" que da origen a la escritura de Cien años de soledad y, según el cual, Gabriel García Márquez estaba escribiendo otra novela que se titularía: El otoño del patriarca, de la cual ya había escrito 300 páginas (1).
Ese mito, leyenda o historia, en particular, ha sido reconocido o negado por algunos de los amigos de Gabriel García Márquez. El hecho evidente es que existe como tal y, por lo tanto, tiene tanto de cierto como de especulación. Lo que si es real es que Gabriel García Márquez reconoció haber estado recopilando notas para El otoño del patriarca antes de emprender la escritura de Cien años de soledad. Como también es cierto que esas 300 páginas fueron destruidas. Pero lo que si es realmente imposible es que él las olvidara, como lo mostraré más adelante.
¡Oh, Gracia divina! ¡Ábrete Sésamo! Se abrieron "las negras puertas de diamantes" y me encontré con un tesoro.
Un tesoro que tenía que desempolvar de la multitudinaria cofradía sectaria de los cientos de estudiosos, críticos y comentaristas de la obra de Gabriel García Márquez que se han concentrado, avalado y consagrado entre ellos mismos, sobre unas cuantas de las posibles o probables inspiraciones e influencias que hubiesen tenido el poder de intervenir y relacionarse en el proceso creativo de Cien años de soledad y fuera de las cuales no hay salvación.
Teorías literarias que no son otra cosa que caminos trillados de Sísifo que ya no conducen a ninguna parte. Razón suficiente para subvertirlos y desecharlos. Así que como un niño, me propuse gritar que el emperador anda desnudo, con la única finalidad de rescatar para la literatura el poder anárquico de la lectura, del análisis, de la interpretación, de la dotación de sentido que es el verdadero camino hacia descubrimiento de conocimiento.
Sí, así como lo había demostrado, en las conexiones y correspondencias de Gabriel García Márquez y de su lectura de Bajo el volcán, y la biografía de Malcolm Lowry, con la escritura de Cien años de soledad, era necesario volver a explorar en el territorio ignoto de esas otras lecturas secretas a las que García Márquez nunca menciona y, las cuales, según sus circunstancias y condiciones, debieron ser obligatorias, como lo fue, por ejemplo, la sí reconocida influencia e inspiración por la obra de Juan Rulfo.
Había que empezar por cribar las circunstancias y condiciones antecedentes a la escritura de Cien años de soledad que ya son, en gran parte, historia oficial, para poder encontrar que, tras esa historia se ocultan herméticos los secretos nunca revelados, y que, como en todo lo humano, "nada existe oculto bajo el sol" y que es posible emprender la aventura de desvelarlos, así no sea más que la búsqueda de una quimera o del "Vellocino de Oro".
Siendo el discurso de Carlos Fuentes y todos esos mitos, leyendas e historias, las mejores fuentes y guías, tiene que ser en ellos donde se encuentran los mapas, las pistas y las claves que orienten esta aventura penelopesca que despeje la historia oficial garcíamarquiana y, así, poder hallar los hilos ocultos del mural de sombras lowryano en la imaginación y el hermetismo con los que Gabriel García Márquez oculta sus secretos. O, ¿será el hilo de Ariadna?
Para iniciar la búsqueda del camino de laberinto, me remonté a los hechos históricos correspondientes y necesarios para emprender mi aventura:
El Gabriel García Márquez que llegó a Ciudad de México el 2 de julio de 1961, en su huida del Imperio por motivos políticos, cargado con su familia y dueño de un mar de experiencias y de una amplia cultura, universal, antigua y contemporánea, estaba condenado, como la mayoría de sus personajes literarios, a reiniciar su destino, a realizar la fundación de un nuevo mundo en esa ciudad y país. Esa era una tarea, obligatoria y necesaria, previa a la anunciación, iluminación y consagración, de Cien años de soledad.
En los pliegues ocultos de la historia de ese mural hay que leer y mirar, con ojos de adivino, si se quieren desentrañar, anticipadamente, aquellos secretos que han sido guardados en las bóvedas de las universidades estadounidenses para que sean desvelados después de su muerte, tal el caso de la correspondencia de Gabriel García Márquez con Carlos Fuentes, durante el proceso de escritura de Cien años de soledad.
Un primer hilo que se oculta tras las historias y leyendas del éxodo mexicano, es aquel que teje su relación con el cine, parte del cual ya mencioné en el capítulo anterior. Ahora es necesario continuar con esa urdimbre cinematográfica para establecer las otras conexiones que conducen a Cien años de soledad.
La primera conexión se sitúa en aquel momento del cine mexicano en el que se gestaba una nueva ola influida por Cahiers de Cinemá y, determinantemente, por Luis Buñuel y los otros españoles expatriados por el franquismo. Con los productores y productoras mexicanos de cine que aspiraban a crear un nuevo cine en contraposición a la esterotipación mexicana de los años cuarenta y cincuenta y más acorde con las tendencias del cine europeo de la época.
Tal es el caso del mexicano Manuel Barbancho Ponce, con quien Carlos Fuentes empieza las historias de su discurso de Cartagena:
"[...] Productor de algunas de algunas de las mejores películas de Luis Buñuel y uno de los fundadores del cine independiente mexicano, creía que, ante la falta de buenos argumentos originales, el cine debía alimentarse de la literatura y recurrió con frecuencia a escritores como Benito Pérez Galdós, Ramón María Valle-Inclán o Juan Rulfo, por el que sentía una admiración aparte" (2).
Porque es aquí, con Manuel Barbancho Ponce, cuando el hilo hace "punto cadeneta punto" para unir, en primer lugar, el ya conocido y biográfico encuentro de Gabriel García Márquez con Juan Rulfo, en la realización de la película basada en la novela de Rulfo, El gallo de oro y de la reconocida influencia de sus obras, Pedro Páramo y El llano en llamas, en Cien años de soledad.
En segundo lugar y como evento histórico, se menciona a Luis Buñuel quien, en 1964 dirige la película basada en el cuento de Gabriel García Márquez: En este pueblo no hay ladrones y, también, aparece el nombre de Ramón María Valle-Inclán y el uso de su obra en el cine por parte de Manuel Barbancho Ponce.
Si se aplica a la anterior referencia el "racionamiento por abducción" (3), es posible empezar a conectar o desentrañar el mural para mostrar una historia o crear otra leyenda.
Es bien conocida la valleinclaniana influencia de esperpentos y fantoches en la cinematografía de Luis Buñuel. "Dime con quien andas...". Pero también existe una leyenda sobre Gabriel García Márquez y su escritura de la versión destruida de El otoño del patriarca.
¿Es posible hacer aquí una conexión con la novela Tirano Banderas, de Ramón María Valle-Inclán que Gabriel García Márquez niega haber leído?
Esta hipótesis descabellada sería más posible de probar si se conocieran las 300 páginas de aquel primer original de El otoño del patriarca. Sin embargo y aun sin ellas, se puede suponer que tal conexión sí existió y aquella novela nunca fue olvidada.
Es de suponer que la misma sí influyó en la escritura de Cien años de soledad, como puede deducirse de una respuesta suya en una entrevista de 1979, la que también puede abducirse al primitivo origen del personaje:
"El tema del dictador de El otoño del patriarca es lo que hubiera hecho el coronel Aureliano Buendía si hubiera resultado un triunfador" (4).
Así que, siendo el coronel Aureliano Buendía un "esperpéntico y valleinclanesco" antecedente del dictador de El otoño del patriarca, bien puede afirmarse que don Ramón María del Valle-Inclán y su literatura también influyeron en Cien años de soledad.
Existiendo tal conexión, hay que suponer, con certidumbre, que Gabriel García Márquez leyó, o bien antes de su exilio mexicano o bien durante aquel tiempo, las novelas y las obras teatrales de Ramón María Valle-Inclán, por razones muy específicas, como las que podrían explicar la necesidad de adaptarse al "tono" valleinclanesco y surrealista que Luis Buñuel infundía en aquel cine mexicano que querían realizar los productores, cineastas e intelectuales mexicanos independientes y con los cuales Gabriel García Márquez trabajó como guionista.
¿No es acaso, Tiempo de morir, la película de Arturo Ripstein, el primer guión de Gabriel García Márquez, una muestra de aquel influjo de Luis Buñuel y la maduración de su "tono" valleinclanesco?
Ese secreto, junto a la conexión con Bajo el volcán y muchas otras claves de la carpintería de Cien años de soledad, todavía lo comparte con Carlos Fuentes, quien le hiciera la adaptación de los diálogos de Tiempo de morir, similar labor en la que habían coincidido durante la realización de la película El gallo de oro.
Se podría decir, con cierta certidumbre, que Gabriel García Márquez antes de llegar a México ya había leído a Ramón María Valle-Inclán, porque la primera muestra del "tono" que marcará a Cien años de soledad ya había sido ensayado, por primera vez, en el cuento: Los funerales de la Mama Grande, escrito desde 1959 y publicado en 1962.
Es en ese cuento, fundador del "tono" de Cien años de soledad, en donde se manifiesta de manera evidente la conexión de Gabriel García Márquez con la obra de Ramón María Valle-Inclán. Porque si se hace una lectura comparativa y abductiva entre, Los funerales de la Mama Grande y la serie novelística de Ramón María Valle-Inclán, inicialmente titulada, El ruedo ibérico y luego publicada como La corte de los milagros, en especial el Libro Segundo: La Rosa de Oro, las semblanzas y resonancias comunes son, más que coincidencias, asombrosas:
"La Majestad de Isabel II, pomposa, frondosa, bombona, campaneando sobre los erguidos chapines, pasó del camarín a la vecina saleta. La dama de servicio, con el aire maquinal de los sacristanes viejos cuando mascullan sacros latines, le prendió en los hombros el manto de armiño. Los regios ojos, los claros ojos parleros, el labio popular y amable, agradecieron con una sonrisa a la cotorrona de Casa y Boca" (5).
¿No serán acaso estas salmódicas lecturas de las obras de don Ramón María del Valle-Inclán, las mismas que se hacen de los pergaminos?
Esta conexión valleinclanesca tuvo que ser profundizada, por necesidad y gusto, durante la época cinematográfica del exilio mexicano, porque, para comprender aquel ámbito españolizado y europeizado en el que Gabriel García Márquez trataba de adaptarse, tuvo que leer y estudiar la restante obra novelística y teatral de Ramón María Valle-Inclán.
Ahí es "donde salta la liebre". En primer lugar, Tirano Banderas y lo ya dicho sobre la leyenda de El otoño del patriarca. En segundo lugar, obvio, el teatro de Ramón María Valle-Inclán y las novedades que este había aportado a la tragedia y la dramaturgia del siglo XX: esperpentos y fantoches, materia prima de las películas de Luis Buñuel, así como de ese cine mexicano independiente. Y, en tercer lugar, las otras novelas, en especial, Las sonatas.
Con todo, en esta composición comienza a sonar el "tono" valleinclanesco que inspirará a Gabriel García Márquez, para, a partir de allí y de quién sabe cuántas partituras más, componer las originales y novedosas variaciones de esa gran música que es la escritura y la lectura, únicas y exclusivas, de Cien años de soledad.
La pregunta siempre quedará abierta a interpretaciones. ¿Pudo haber sido que la lectura, nunca reconocida, de las Memorias del Marqués de Bradomín y sus musicales títulos: Sonata de primavera, Sonata de estío, Sonata de otoño y Sonata de invierno, fuera otro más de los ingredientes que, en el ardiente caldero de su mente, "hechizaran" la imaginación de Gabriel García Márquez, para, por fin, como aprendiz de brujo y alquimista, crear esa piedra filosofal que es Cien años de soledad?
Sí, se puede afirmar, con algo de certeza, que son esas lecturas, conservadas en secreto y clandestinidad por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, como un estricto pero burlón código de amistad y complicidad, las que permitirán desvelar, por fin y en buena parte, las claves de ese misterio alquímico que fue parte del proceso creativo de Cien años de soledad.
Pero, lo que si es posible demostrar ahora y afirmar como cierto, es ese mito, leyenda o historia de la escritura de una primera versión de El otoño del patriarca, previa a la escritura de Cien años de soledad.
Para hacerlo, es necesario interpretar y dotar de un nuevo sentido las circunstancias histórico-biográficas de la amistad de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.
Ambos se conocen en 1962 y trabajan juntos en 1963, cuando Carlos Fuentes adapta los diálogos de El gallo de oro. Se hacen amigos íntimos. Amistad en la que no se puede descartar una simbiosis maestro/alumno, incluida la emulación.
Este asunto de la emulación viene al caso porque Carlos Fuentes había publicado, en 1962, La muerte de Artemio Cruz, su novela del dictador.
Es muy posible que Gabriel García Márquez hubiese querido emular a su amigo y emprende la escritura de esa primera versión abortada de El otoño del patriarca, de la que, seguramente, conservará, para la versión definitiva, publicada en 1975, elementos paralelos, contrapuestos y distintos que le permitieran distanciarse de la novela de Carlos Fuentes.
En cuanto a mi hipótesis descabellada, la prueba se consolida por medio de la afirmación que niega y la negación que afirma. Gabriel García Márquez ha afirmado que durante el proceso de escritura de El otoño del patriarca leyó mucho a Joseph Conrad y en particular su novela Nostromo. E, igualmente, ha negado que su novela tenga ninguna influencia del Tirano Banderas, de Ramón María Valle-Inclán (6).
¿Será, acaso, la "estratagema" de Mercedes reinterpretada? El que tenga ojos para leer que realice su propia lectura demostrativa.
Ahora bien, este asunto lleva a otro misterio: así como ya han sido demostradas las muchas otras lecturas que han alimentado la imaginación y creación de la escritura de Gabriel García Márquez, en las obras posteriores a Cien años de soledad. Es también posible preguntarse: ¿Cuáles son esas otras lecturas secretas y clandestinas? ¿Cuál es el catálogo secreto de las lecturas mexicanas de Gabriel García Márquez?
Se me ocurre pensar que nunca se ha mencionado que él hubiera leído, antes de escribir Cien años de soledad, a Joaquim María Machado de Assis y sus Quincas Borba, Memorias póstumas de Bras Cubas, El alienista, etc., tan propio y cercano.
O, a los surrealistas franceses, alemanes y españoles, tan parte del cine y de la intelectualidad renovadora mexicana de esa época: André Breton y su Nadja; Louis Aragón y sus: Aniceto o el panorama, novela y El campesino de París, etc.; Francis Picabia y su Caravanserail; Pierre Reverdy y su El ladrón de Talan; Alfred Jarry y sus Ubu rey, Mesalina, El supermacho y, por supuesto, la obra de Gerard de Nerval...
O, ¿cuáles fueron sus lecturas secretas y clandestinas de otros autores españoles y latinoamericanos?
El que Gabriel García Márquez niegue haber leído Tirano Banderas y, en contraposición, Carlos Fuentes lo relacione con el surrealismo español, es indicio de que aquí se oculta otro misterioso secreto.
En fin, una investigación fascinante que será motivo para otras de mis tareas de forense literario.
Al final de todo este trabajo de criptógrafo literario que me ha permitido proponer una interpretación "mágica e imaginativa" para un discurso que es todo menos que unas palabras de ocasión y antes de pasar a otros territorios, sólo me queda hacerme una pregunta más:
¿Qué justifica todo este empeño?
Lo único que puedo abducir en mi beneficio: el tiempo permitirá deducir, si desde Bajo el volcán y de sus entrañas telúrico-existenciales, emergieron o no unos "furores" y sustancias incandescentes y mágicas mucho mayores que los juegos pirotécnicos que lanzó al aire la "estratagema" de Mercedes.
"Furores", fuegos y sustancias que, si bien será el tiempo el que se encargará de precisar e identificar, es ahora mismo y dados los misterios y secretos que he revelado, cuando son ya posibles de desvelar.
Lo que emprenderé de aquí en adelante es otra exploración más aventurada y subjetiva en la que mi mapa y brújula serán mis anteriores descubrimientos, porque se trata de descubrir, analizar e interpretar las conexiones y correspondencias que evidencian aquellos "rastros" borgianos, los cuasi-palimpsestos que de Bajo el volcán se “traslucen” en Cien años de soledad.
NOTAS
(1) Dasso Saldívar, García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía, Alfaguara, Madrid, 1997 (611 p.), p. 429.
(2) Dasso Saldívar, García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía..., pp. 421-422.
(3) Carlos Rincón, García Márquez, Hawthorne, Shakespeare, De la Vega & Co. Unltd., Serie “La Granada Entreabierta”, 86, Instituto Caro y Cuervo, Santa Fe de Bogotá (1999), pp. 66-67:
"Racionamiento por abducción", descubierto por Charles S. Peirce en 1879 y que funciona, algo así, como lo explica Carlos Rincón:
"Se trata según leía alguna vez en un artículo de Heinz Heckhausen, del cortocircuito, de la chispa que se produce entre dos complejos de imaginación hasta entonces separados, "por mediación de un elemento común". La complejidad de un concepto -de una imagen- puede así potenciarse, multiplicarse como por arte de magia, al estar puesta en contacto con diferentes contextos".
(4) Entrevista de Miguel Torres, Revista de Cine Cubano, La Habana, 1969. Tomada de García Márquez habla de García Márquez en 33 grandes reportajes, Rentería editores, Bogotá, 1979, p. 48.
(5) Ramón María del Valle-Inclán, La corte de los milagros: Segundo libro: La Rosa de Oro, Biblioteca Júcar, Madrid, 1976, p. 36.
(6) Michael Palencia-Roth, Gabriel García Márquez. La línea, el círculo y las metamorfosis del mito, Gredos, Madrid, 1983 (318 p.), p. 178.
viernes, 15 de agosto de 2008
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