viernes, 15 de agosto de 2008

Primera parte. Cap. 5. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad


Primera parte

Capítulo 5

Melquíades y los pergaminos del palimpsesto de Cien años de soledad



Esta es la descripción que hace Gabriel García Márquez de Melquíades en Cien años de soledad:

"Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos". (CAS: p. 105).

Por asombroso que pueda parecer, esa descripción se corresponde exactamente con la del rostro de Malcolm Lowry en cualquiera de sus fotografías. Una sola mirada mostrará que son como dos gotas de agua, en particular, los ojos rasgados, asiáticos, de Malcolm Lowry. Además, cuervo y zopilote son dos nombres para una misma especie de ave. ¿Coincidencias?, no lo creo.

¡Melquíades es Malcolm Lowry! El hombre de la mirada asiática:



En este contexto y como ya lo demostré antes, Gabriel García Márquez es el zopilote asentado sobre el hombro de Malcolm Lowry que lo mira mientras escribe y, quien, por el proceso de su alquimia literaria, será transmutado en "el águila de Prometeo".

Hay que decir que lo que Gabriel García Márquez lee y descifra "asentado en el hombro" de Malcolm Lowry, es Bajo el volcán, las cartas de Malcolm Lowry y la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, esos son los pergaminos que se transponen y superponen dentro de Cien años de soledad para que sean descifrados los pergaminos con las profecías de Melquíades, por parte de aquellos Buendía que se empeñan en ello.

Ese es el proceso de transmutación alquímico literario mediante el cual Gabriel García Márquez se transmuta a sí mismo y a la materia lowryana en precioso metal macondino.

Con el personaje de Melquíades, Gabriel García Márquez no sólo crea uno de los personajes más portentosos de la literatura universal, a la misma altura de don Quijote y Sancho, sino que también hace el mayor homenaje y reconocimiento que cualquier escritor haya realizado al escritor y la obra a partir de los cuales se inspiró para escribir su Opus Magnum.

En el capítulo anterior demostré las conexiones y correspondencias que unen, en simpatía alquímica, "magia natural" y "furor" de la imaginación, a Malcolm Lowry, Bajo el volcán y sus cartas, con Gabriel García Márquez y su escritura de Cien años de soledad.

Ahora procederé a establecer la comparación entre Malcolm Lowry y Melquíades, sus biografías y descripciones tanto en Bajo el volcán como en Cien Años de soledad.

Las primeras conexiones y correspondencias se establecen en el hecho de que Malcolm Lowry también había escrito y descifrado unos pergaminos en Bajo el volcán.

Los pergaminos de Malcolm Lowry son, simultáneamente, el libro de teatro isabelino en cuya cubierta de cuero marrón está labrada una figura dorada y las dos hojas manuscritas de la carta no enviada a Yvonne por el Cónsul y que estaban dentro del libro. Son muchos otros los libros de el Cónsul, pero ninguno tan primordial como ese del teatro isabelino.

Hay que recordar que en el período isabelino se sucedió la producción de las más extrañas, asombrosas y "mágicas", obras de teatro: Shakespeare, Marlowe, Johnson, un teatro de iguales y hasta de superiores cualidades y características a las del teatro clásico griego.

La historia del libro del teatro isabelino del Cónsul y de esas dos hojas manuscritas, es contada en el capítulo I de Bajo el volcán y con esos materiales se establece el marco trágico de la historia que se va a contar, por una parte, por la conexión y correspondencias con el Fausto, de Marlowe y por la otra, con esas dos hojas manuscritas, en una especie de papel delgado como pergamino transparente, en las que el Cónsul escribió un año atrás las profecías de su tragedia.

La caligrafía del Cónsul en esas dos hojas de la carta, así como los signos y símbolos de algunas de sus letras, de los que M. Laruelle hace su propia interpretación, tienen su conexión y correspondencias en Cien años de soledad.

Esto es lo que escribe Malcolm Lowry:

"En realidad eran dos hojas de papel carta de una delgadez infrecuente que habían sido prensadas en el libro, largas aunque estrechas y atestadas de una caligrafía a lápiz por ambos lados y sin margen alguno. A primera vista no parecía tratarse de una carta. Pero no había equívoco aun en la luz parpadeante, era la escritura, a medias intrincada, a medias amplia y del todo ebria, del Cónsul: las "e" griegas, los arbotantes de las "d", las "t" como cruces solitarias a orillas de los caminos salvo cuando crucificaban toda una palabra, las palabras mismas en agudo declive y hacia abajo, aunque los rasgos individuales parecían resistirse al descenso y subían vigorosos, en dirección contraria" (BV: cap. I, pp. 56-57).

Una lectura e interpretación equivalentes y correspondientes, es realizada por José Arcadio Segundo en los pergaminos de Melquíades:

"José Arcadio Segundo había logrado además clasificar las letras crípticas de los pergaminos. Estaba seguro de que correspondían a un alfabeto de cuarenta y siete a cincuenta y tres caracteres, que separados parecían arañitas y garrapatas, y que en la primorosa caligrafía de Melquíades parecían piezas de ropa puesta a secar en un alambre. Aureliano recordaba haber visto una tabla semejante en la enciclopedia inglesa, así que la llevó al cuarto para compararla con la de José Arcadio Segundo. Eran iguales, en efecto" (CAS: pp. 396-397).

Los escritores de estos pergaminos son:

El Cónsul quien, en un aparte de "su pergamino", la carta que escribe para Yvonne, se describe en su labor de escritor:

"Mientras tanto, ¿me imaginas todavía trabajando en el libro, intentando aún responder a preguntas tales como: ¿existe una realidad última, externa, consciente y omnipresente, etc., etc., que pueda ser comprendida por cualesquiera medios aceptables a todos los credos y religiones, y que pueda adaptarse a todos los climas y países?" (BV: cap. I, p. 61).

La equivalencia en Cien años de soledad se da en que Melquíades, el gitano errante que escribe con manos adornadas por sortijas doradas ya opacas, es descrito así:

"Melquíades profundizó en las interpretaciones de Nostradamus. Estaba hasta muy tarde, asfixiándose dentro de su descolorido chaleco de terciopelo, garrapateando papeles con sus minúsculas manos de gorrión, cuyas sortijas habían perdido la lumbre de otra época. Una noche creyó encontrar una predicción sobre el futuro de Macondo. Sería una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba ningún rastro de la estirpe de los Buendía. «Es una equivocación -tronó José Arcadio Buendía-" (CAS: p. 67).

Dos escritores de ficción que, además de compartir el aspecto físico, se identifican por las mismas características obsesivas en sus escrituras. Melquíades que escribía sus pergaminos con la misma obsesión que Malcolm Lowry sus versiones de Bajo el volcán y que se conectan y corresponden de acuerdo con las descripciones de Gabriel García Márquez y Malcolm Lowry que ya cité en el capítulo 3.

Para abundar en conexiones y correspondencias sobre Melquíades y sobre Malcolm Lowry, para ambos, la labor de escribir ejerce un poderoso influjo y exige una total concentración en el trabajo.

De retorno al origen, este es el Malcolm Lowry que describe Conrad Knickerbocker:

"Con las furias bajo control, se asentó en la Columbia Británica, aplicándose a elaborar y pulir la novela, con diversas incursiones en Lunar Caustic, en Ballast, y en poesía. A veces le resultaba tan difícil la escritura que llegaba a gemir en voz alta, pero seguía avanzando, escribiendo casi siempre con letra grande sobre cualquier cosa que tuviese a mano: sobres viejos, blocs, al dorso de otros manuscritos, e incluso en las "cartas" de los restaurantes" (2).

Este es Melquíades en Cien años de soledad:

"El nuevo lugar pareció agradar a Melquíades, porque no volvió a vérsele ni siquiera en el comedor. Sólo iba al taller de Aureliano, donde pasaba horas y horas garabateando su literatura enigmática en los pergaminos que llevó consigo y que parecían fabricados en una materia árida que se resquebrajaba como hojaldres" (CAS: p. 88).

Los pergaminos del Cónsul y los de Melquíades son los palimpsestos sobre los que se escribieron Bajo el volcán y Cien años de soledad y su importancia es tal que bien merecen un estudio crítico en profundidad, lo que no es del caso ahora.

Que quede asentado que, para lo que estoy demostrando, es a través de la mediación de esos pergaminos que se conectan y corresponden, evidentemente, la novela de Malcolm Lowry con la forma de asumir Gabriel García Márquez la vida y la obra de Lowry al crear al personaje de Melquíades y escribir Cien años de soledad.

Por eso es necesario realizar otra verificación, la de las conexiones y correspondencias entre las biografías de Malcolm Lowry y la biografía que se le atribuye a Melquíades en Cien años de soledad.

De acuerdo con la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, la primera errancia de Malcolm Lowry como grumete de un barco mercante, la realizó en 1927, a los dieciocho años:

"Y en el viaje tuvo la penitencia: Singapur, Shangai, Kowlon, Penang: un cañoneo en el que resultó herido en una pierna; incipientes y gloriosos copeos en las tabernas del puerto de Yokohama; una tormenta, llevando a bordo un cargamento de serpientes, panteras, un jabalí y una elefanta. Más de veinte años después, en las frondosas sombras de los jardines Borghese, creyó encontrar de nuevo a la elefanta, porque ésta le saludó con la misma solemnidad con que solía hacerlo aquella a bordo, "tocándose" la cabeza con un manojo de heno que tomaba con la trompa. Estas cosas le encantaban; este tipo de coincidencias, de misterios, de correlaciones, de signos, y de prodigios numerológicos. Surcó muy anchos mares para hallar lo que pudiese haber de verdad en las relaciones en las que creía. ¿Era el arte como la vida? ¿Había, en ambos, lugar para él? Tenía que averiguarlo" (3)

La mayor parte de las otras errancias y oficios de Lowry son de similar tono a esta primera, por lo que no es aventurado pensar que la descripción que hace Gabriel García Márquez de la biografía de Melquíades, sea la proyección macondina de esa semblanza biográfica.

Este es el Melquíades, gitano errante, de Cien años de soledad:

"Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes" (CAS: p. 14).

Es Melquíades / Malcolm Lowry quien le regala al "aprendiz de brujo" un laboratorio de alquimia con el cual emprender la transmutación de la materia y la realización de la piedra filosofal:

"Toda la aldea estaba convencida de que José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia" (CAS: p. 13).

Son numerosos los reconocimientos herméticos, metafóricos, alegóricos, analógicos, que ofrece Gabriel García Márquez al maestro alquimista Malcolm Lowry mediante el personaje de Melquíades. Uno de tales reconocimientos y bastante significativo, es el que puede interpretarse de cuando Melquíades, "el mago y hechicero", lo cura de sus olvidos, al igual que hizo con José Arcadio Buendía y los habitantes de Macondo, al curarlos de la peste del olvido.

Otro portento similar se produce cuando al último Aureliano, al fin, se le revelaron las claves definitivas de Melquíades en los pergaminos:

"No porque lo hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas.

Aureliano no había sido más lúcido en ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y el dolor de sus muertos, y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos, entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación.

La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias.

La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante. Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no sólo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces." (CAS:pp. 469-470).

Porque también había llegado el momento para que Gabriel García Márquez, no sólo descifrara los pergaminos, sino de emprender la escritura de su propio Opus Magnun, revelar su propio proceso de transmutación y la realización de su propia piedra filosofal, tal y como lo revelaré, paso a paso, más adelante.

Y, porque también había vislumbrado los secretos de las escrituras de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ramón María del Valle-Inclán. Pero ese es otro asunto.

Según el discurso de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez:

"[...] echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto": Cien años de soledad.

El relato del último Aureliano descifrando los pergaminos de Melquíades, es la transposición o superposición macondina de cómo Gabriel García Márquez "se sentó a escribir": Cien años de soledad.

Al final y para mi dicha, he solucionado el enigma y he demostrado la respuesta a mi pregunta:

¿Quién es el personaje real y concreto que inspiró al personaje de Melquíades en Cien años de soledad?:

¡Sí! ¡Era Malcolm Lowry!

No podía ser otro. Era un homenaje codificado, casi anagramático, a Malcolm Lowry, en cuya novela, Bajo el volcán y en sus cartas y en la semblanza biográfica, se encuentran inscritos, no escritos, los pergaminos que profetizan la genealogía de los Buendía, la historia de Macondo y la escritura de Cien años de soledad.

Demostré también que, aquellos Buendía que se empeñan en descifrar los pergaminos de Melquíades, son quienes encarnan la descripción del proceso de alquimia literaria al que se sometió Gabriel García Márquez, en las distintas épocas de su vida, para alcanzar el estado de “furor” y “magia” de su escritura.

Que, Gabriel García Márquez siguió las indicaciones del maestro Malcolm Lowry y, como zopilote asentado en su hombro, leyó los pergaminos de Bajo el volcán y las cartas y la semblanza, y se transmutó en "el águila de Prometeo", le robó el fuego a los dioses y emergió de las cenizas como Ave Fenix.

La historia de ese proceso de lectura, de transmutación, de escritura y de la fabricación de su propia piedra filosofal literaria, es narrada por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, en especial, al narrar las labores que aquellos Buendía realizaron en el laboratorio de alquimia... literaria que le regaló Melquíades al patriarca José Arcadio y en el proceso de descifrar las herméticas claves de las profecías escritas en los pergaminos.

En este punto y hora, me siento como el último Aureliano.

Desde las propias páginas de Cien años de soledad voy a tratar de reconstruir la parte sustancial de esa historia, contrastada con las fuentes que, sobre Malcolm Lowry, la corroboran. Eso será en el siguiente capítulo.


NOTAS

(1) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 8.

(2) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 11.

(3) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 8.

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