Segunda parte. Cap. 6. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Segunda parte
Capítulo 6
Un tren en el que se viaja de la opulencia, a la desolación y a la muerte
Para que no se diga que mis delirantes hipótesis descabelladas sobre las conexiones y correspondencias entre Bajo el volcán, Cien años de soledad, Malcolm Lowry y Gabriel García Márquez, se quedan cortas, quiero dedicar este capítulo de mi libro al amigo LECTOR LUDI Gustavo Arango Toro, señalador involuntario o influido de la pista que condujo a este alucinante viaje por la literatura y quien, por lo que parece, también fue poseído por los influjos alquímicos de Malcolm Lowry.
Como ya lo dije en la presentación de la primera parte, Gustavo Arango había escrito el mejor libro sobre la temporada que en su temprana juventud pasó Gabriel García Márquez en Cartagena, titulado muy bellamente: Un ramo de nomeolvides. García Márquez en El Universal.
Para que se demuestre que esa simpatía alquímica de la materia opera en todo tiempo y lugar, en el capítulo IV, de Bajo el volcán, Yvonne y Hugh se encuentran en el jardín en ruinas de la casa del Cónsul, al que Yvonne trata de restaurar, lo mismo que trata de restaurar su matrimonio roto:
"Trabajando en el jardín, Yvonne -o algún objeto tejido con filamentos del pasado que se le parecía- producía la impresión a pocos pasos de estar vestida por completo con la luz del sol" (BV: cap.IV, p. 119).
Luego de contarse los respectivos viajes y los motivos de su presencia allí, Yvonne dice:
"¡Dios mío! éste era un hermoso jardín. Era como el Paraíso" (BV, cap. VI, p. 123).
Hugh e Yvonne salen a dar un paseo a caballo y en medio de su conversación, se encuentran entre las vías del desolado ferrocarril unas flores de nomeolvides (¿Será el ramo de nomeolvides de Gustavo Arango?):
"Hugh bajó la mirada hacia unas flores silvestres azules parecidas a nomeolvides que de algún modo habían encontrado lugar para crecer entre los durmientes de la vía. También estas inocentes tenían su problema: ¿qué pavoroso sol oscuro es ése que ruge y fustiga nuestros párpados a cada pocos minutos? ¿Minutos? Horas, era más que probable. Tal vez hasta días: como los semáforos solitarios parecían estar alzados todo el tiempo, acaso resultara expedito y triste hacer preguntas sobre los trenes" (BV: cap. IV, p. 142).
Podría ser otra de esas raras casualidades o coincidencias que nada o mucho tienen de posibilidad –no lo creo-. De todas maneras, este es otro asombro literario, el que, además, me sirve para introducir el tema de las conexiones y correspondencias de trenes y ferrocarriles entre Bajo el volcán y Cien años de soledad.
O, para decirlo con Malcolm Lowry:
"[...] acaso resultara expedito y triste hacer preguntas sobre los trenes" (BV: cap. IV, p. 142).
Sin atreverme a calificar la importancia del tren y los ferrocarriles en Bajo el volcán, creo que las escasas menciones deben tener un mayor significado, del cual no me ocuparé ahora.
De esas menciones, una es la del capítulo I, la que sugiere un estado profundo de desolación, el mismo que vuelve a aparecerse en el capítulo IV (BV: p. 137, 141, 142), cuando, durante el paseo a caballo de Yvonne y Hugh, ellos se encuentran con unos rieles de ferrocarril que marcan todo su paseo. Presienten la existencia de una estación cercana, lo que se complementa con la cita que ya transcrita antes y finalizan el paseo frente al Palacio de Maximiliano y sus jardines desolados para rememorar (1) la tragedia de Carlota y Maximiliano en México.
Al cabalgar sobre esa vía férrea abandonada, Hugh exclama:
"- No acabo de entender el porqué de esta maldita vía".
E Yvonne le informa:
"- La construyeron ustedes, los ingleses. Sólo que se pagaba a la compañía por kilómetro" (BV: cap. IV, p. 141).
Para Malcolm Lowry la respuesta a esa exclamación de Hugh está estructurada a la trama de la novela de principio a fin. Es tiempo, es espacio y es el viaje imposible de toda esta tragedia. Es la tragedia de la civilización y la conexión con las guerras y las luchas políticas que desangran el mundo.
Ya en el capítulo I se establecen el espacio, el lugar y los imposibles:
"Apenas nada sugería que allí llegaba tren, menos aún que se iba: Quauhnahuac" (BV: cap. I, p. 28).
El tren vuelve a aparecer, en una aparente expresión lanzada al vacío, al comienzo del capítulo II. Al arribo de Ivonne al aeropuerto de Quauhnahuac en busca del Cónsul. Es un tren en el que no viajan, ni viajarán ninguno de los personajes de Bajo el volcán, pero que, en esta aparición y su sentido macabro, permite abducir una conexión con el tren de los muertos de Cien años de soledad:
"¡Transportar un cadáver en el tren expreso!" (BV: cap. II, p. 65).
Por supuesto, es también la conexión y correspondencia del sentido político que se inserta en ambas novelas. O, sino, que otra cosa significa el comentario del Cónsul en el capítulo X:
"- Eso nunca bastaría. Toda la gente como tú que habla de ir a España y luchar por la libertad... ¡Cervantes!... debería aprenderse de memoria lo que dijo Tolstoi acerca de eso en Guerra y Paz, aquella conversación con los voluntarios en el tren..." (BV: cap. X, p. 348).
Por contraposición, el tren atraviesa Cien años de soledad, de principio a fin, con un sentido trágico que va desde lo glorioso, a lo desolado y a lo macabro. Es un tren que conecta a Macondo con el mundo y con la parábola de su pasado dorado y con la destrucción y tragedia futura.
El tren lleva a Macondo el oropel de la modernidad industrial y, con ello, las semillas de su degeneración, para, al final, convertirse en el tren de los muertos.
De los aparatos de la modernidad industrial, el tren es el que más menciones y apariciones tiene en sus páginas: 42 menciones y apariciones para tren y para ferrocarril.
El desarrollo y el desenlace de ese hilo de hierro que recorre Cien años de soledad, se inicia con su planeación y construcción:
"En poco tiempo incrementó de tal modo la producción de hielo, que rebasó el mercado local, y Aureliano Triste tuvo que pensar en la posibilidad de extender el negocio a otras poblaciones de la ciénaga. Fue entonces cuando concibió el paso decisivo no sólo para la modernización de su industria, sino para vincular la población con el resto del mundo.
-Hay que traer el ferrocarril -dijo.
Fue la primera vez que se oyó esa palabra en Macondo. Ante el dibujo que trazó Aureliano Triste en la mesa, y que era un descendiente directo de los esquemas con que José Arcadio Buendía ilustró el proyecto de la guerra solar [...]" (CAS: p. 255).
Cuando al fin llega:
"A principios del otro invierno, sin embargo, una mujer que lavaba ropa en el río a la hora de más calor, atravesó la calle central lanzando alaridos en un alarmante estado de conmoción.
-Ahí viene -alcanzó a explicar- un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo" (CAS: p. 256).
Con su carga que marcará el destino de Macondo:
"Pero cuando se restablecieron del desconcierto de los silbatazos y resoplidos, todos los habitantes se echaron a la calle y vieron a Aureliano Triste saludando con la mano desde la locomotora, y vieron hechizados el tren adornado de flores que por primera vez llegaba con ocho meses de retraso. El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo" (CAS: p. 256).
Con el tren llegaron: la compañía bananera que partiría el pueblo en dos, y con ella, la transformación de Macondo en una Sodoma y Gomorra.
Finalmente, ese tren, como motivo, se va haciendo trágico, hasta convertirse en manifestación de desolación y deterioro y el Apocalipsis:
"Un desvencijado tren amarillo que no traía ni se llevaba a nadie, y que apenas se detenía en la estación desierta, era lo único que quedaba del tren multitudinario en el cual enganchaba el señor Brown su vagón con techo de vidrio y poltronas de obispo, y de los trenes fruteros de ciento veinte vagones que demoraban pasando toda una tarde" (CAS: p. 392).
Para concluir transformándose en un macabro símbolo de la violencia del poder:
"Gritó que no había poder humano capaz de hacerlo salir, porque no quería ver el tren de doscientos vagones cargados de muertos que cada atardecer partía de Macondo hacia el mar. «Son todos los que estaban en la estación -gritaba-. Tres mil cuatrocientos ocho.» (CAS: pp. 381-382).
En una interpretación ligera, se pudiera decir que el tren de Bajo el volcán es la imposibilidad de viajar, es la desolación y es la muerte. El tren de Macondo es un motivo estructural de Cien años de soledad mediante el cual se construyen la gloria y la tragedia del pueblo y de sus habitantes y del mundo entero. la tragedia del triunfo de la razón sobre la imaginación.
NOTAS
(1) Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos, Atalanta, Girona, 2006, p.341:
"Sería útil en general distinguir entre el recordar cotidiano, cuando nos acordamos vagamente del pasado, y el recordar wordsworthiano y el proustiano, cuando el pasado se presenta de nuevo en toda su plenitud, a veces alegremente, a veces -abreacción- insoportablemente".
viernes, 15 de agosto de 2008
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