Segunda parte. Cap. 4. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Segunda parte
Capítulo 4
La agonía y éxtasis de Santa Teresa, adulterios e incestos
La agonía y el éxtasis son las dos caras trágicas del erotismo, anverso y reverso de una misma moneda, uno y dos simultáneos e independientes. Erotismo, agonía y éxtasis que operan con igual ambigüedad en Bajo el volcán y en Cien años de soledad.
En Bajo el volcán como la agonía de un doloroso éxtasis. En Cien años de soledad como el éxtasis de una gozosa agonía.
Eros apocalíptico y desproporcionado que sobrevuela y revolotea como "zopilote", como "Águila de Prometeo", como Ave, como el transformante Proteo, y cuyos pecados son castigados con la muerte y la destrucción. La desesperación de los desencuentros amorosos y los encuentros adúlteros que conducen a la muerte de Yvonne bajo los cascos de un caballo apocalíptico y como a un perro de Geoffrey Firmin. Los amores imposibles y el portento de la sexualidad de los Buendía amenazada por una "cola de cerdo".
En Bajo el volcán es Yvonne quien carga con los sinos eróticos y trágicos que le son marcados en el capítulo I y en el capítulo XI, extremos donde se une el círculo y cuya señal que se anuncia con su llegada a Acapulco en el capítulo I:
"[...] navegando rumbo a la bahía de Acapulco la noche anterior en medio de un huracán de inmensas y espléndidas mariposas que se abatían mar adentro para recibir al Pennsylvania" (BV: cap. I, p. 66).
Y se cierra en el capítulo XI:
"[...] pero no eran constelaciones, sino de algún modo, millares de bellas mariposas, navegaban hacia la bahía de Acapulco en medio de un huracán de bellas mariposas que zigzagueaban en lo alto" (BV: cap. XI, p. 373).
En ella solo restan los rescoldos de un fuego erótico que en el capítulo XI anuncian el desenlace:
"[...] al mismo tiempo sintió de modo extravagante como si el rescoldo de algo en su interior se hubiese encendido, como si fuera inminente el estallido de toda su persona" (BV: cap. XI, p. 356).
Un anticipo de la fulgurante ascensión de Yvonne consumida por el fuego sagrado de las pavesas y cenizas de las cartas.
Fuegos y erupciones volcánicas que, en Cien años de soledad, consumen y destruyen los desesperados amores de los hombres y las mujeres Buendía.
De entre todos ellos, he aquí las correspondencias simétricas de los clandestinos amores de Meme Buendía y Mauricio Babilonia que también se anuncian con mariposas, pero por bandadas de mariposas amarillas:
"Fue entonces cuando cayó en la cuenta de las mariposas amarillas que precedían las apariciones de Mauricio Babilonia". (CAS: p.327).
Unos amores que también se inician a bordo de un barco:
"[...] la noche en que (Meme) soñó que él la salvaba de un naufragio" (CAS: p. 325).
Y, que al igual que el de Yvonne, también arde sin consumirse:
"Meme se dio cuenta de que se estaba achicharrando en la lumbre de su altivez" (CAS: p 326).
Esa es la potencia ciclónica del Eros que amenaza y destruye a los Buendía.
Dando otro giro más a esta espiral de lecturas de ambas novelas, no es posible ignorar las conexiones y correspondencias que se establecen a través del erotismo y la sexualidad con las otras obras y los autores del arte universal, a través de estas pasiones sublimadas.
Extraña, para decir lo menos, es la anotación que Malcolm Lowry hace en su carta a Jonathan Cape sobre una modificación al capítulo XII, que, según Lowry, pareciera inspirada en la autobiografía de Teresa de Ávila, la que, a su vez, sirviera de motivo a Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), para su escultura: Éxtasis de Santa Teresa:
"[...] en 1944 sustituí con el pasaje "qué semejantes son los gemidos del amor y los de la agonía", otro que no era tan bueno" (1).
Pasaje que, en la versión publicada de Bajo el volcán, se presenta en dos formas. La primera:
[...] "porque, ay, que semejantes son los gemidos del amor y los de los moribundos, cuán parecidos los del amor y lo de los moribundos" (BV: cap. XII, p. 388).
La segunda, una página más adelante:
"[...] gimiendo, gimiendo - y ¡qué semejantes son los gemidos del amor a los de los moribundos, que semejantes son los del amor a los de los moribundos!-" (BV: cap. XII, p. 389).
Ese es Eros operando sobre los personajes femeninos. En el otro lado de la moneda, el Cónsul también será presa de esos fuegos en su camino a la muerte. He aquí la escena en la que Geoffrey Firmin posee a la hermosa y joven indiecita María:
"Al encenderse un relámpago se dibujó en la ventana el perfil de un rostro que por un momento pareció el de Yvonne. "¿Quiere María?", volvió a ofrecer ella y rodeando con sus brazos el cuello del Cónsul lo llevó a la cama. También su cuerpo era el de Yvonne, sus piernas, sus pechos, su corazón que latía apasionado: a medida que los dedos del Cónsul recorrían el cuerpo de la muchacha, crujía la electricidad bajo sus caricias; aunque la ilusión sentimental se desvanecía, estaba hundiéndose en un mar, como si no estuviese allí, se había convertido en el mar, en un horizonte desolado donde navegaba vertiginosamente un enorme velero negro, con casco oculto deslizándose rumbo al ocaso; o bien su cuerpo no era nada más que una mera abstracción, na calamidad, un diabólico artefacto para producir sensaciones calamitosas y nauseabundas; era el desastre, era el horror de despertar por la mañana en Oaxaca vestido de pies a cabeza, a las tres de la y media de cada madrugada después de la partida de Yvonne" (BV: cap. XII, p. 387).
Su equivalencia en Cien años de soledad. Esta es la escena en la cual Rebeca y José Arcadio consuman su desesperado enamoramiento:
"Sólo Rebeca sucumbió al primer impacto. La tarde en que lo vio pasar frente a su dormitorio pensó que Pietro Crespi era un currutaco de alfeñique junto a aquel protomacho cuya respiración volcánica se percibía en toda la casa. Buscaba su proximidad con cualquier pretexto. En cierta ocasión José Arcadio la miró el cuerpo con una atención descarada, y le dijo: «Eres muy mujer, hermanita.» Rebeca perdió el dominio de sí misma. Volvió a comer tierra y cal de las paredes con la avidez de otros días, y se chupó el dedo con tanta ansiedad que se le formó un callo en el pulgar. Vomitó un líquido verde con sanguijuelas muertas. Pasó noches en vela tiritando de fiebre, luchando contra el delirio, esperando, hasta que la casa trepidaba con el regreso de José Arcadio al amanecer.
Una tarde, cuando todos dormían la siesta, no resistió más y fue a su dormitorio. Lo encontró en calzoncillos, despierto, tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de amarrar barcos. La impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que sintió el impulso de retroceder. «Perdone -se excusó-. No sabía que estaba aquí.» Pero apagó la voz para no despertar a nadie. «Ven acá», dijo él. Rebeca obedeció. Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo, sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos, murmurando: «Ay, hermanita: ay, hermanita.» Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la explosión de su sangre.
Tres días después se casaron en la misa de cinco." (CAS: p. 113).
Eros desbordado de incestos y adulterios que desatan las tragedias de Bajo el volcán y de Cien años de soledad.
En un principio me desconcertaron las aparentes discrepancias ante el hecho de que, en Bajo el volcán, el adulterio era la causa de esa tragedia y que el incesto no apareciera por ningún lado, en contraposición a Cien años de soledad, en donde es el incesto el causante de toda la tragedia, mientras que las relaciones adúlteras son desfogues sexuales sin aparentes consecuencias, salvo las tragicómicas de Aureliano Segundo y Fernanda, única ocasión la que aparece las palabras adulterio y adúltero, en la novela.
Sin embargo, las conexiones y correspondencias existían, sólo que no tan evidentes. En Bajo el volcán si existió un incesto, pero no en la versión publicada de la novela, sino en el cuento que le da origen y en la conocida como "segunda versión".
En la biografía escrita por Douglas Day, este explica que en esas dos primeras versiones de Bajo el volcán, Yvonne es la hija del Cónsul y no su esposa y que Hugh es un extraño, amigo de su hija y no el medio hermano del Cónsul. Y que entre Yvonne y el Cónsul se plantea una posible relación incestuosa:
"Hugh, un joven recién llegado ese mismo día de Acapulco, no tiene ojos más que para Yvonne, pero Yvonne está más interesada en su padre, que, por ella, está haciendo el esfuerzo de pasar el día sin licor. En libre asociación, a la manera de todos los héroes atormentados de Lowry, él va emitiendo señales a lo largo del camino, vistas que se abren ante ellos, sonidos y palabras fortuitas, que se intersectan y se corresponden, y apuntan hacia cierta culpa no especificada que el Cónsul siente" (2).
Queda así consumado el incesto en Bajo el volcán y se restablece su simetría con Cien años de soledad. Por supuesto, se mantiene el adulterio de la versión publicada de la novela de Malcolm Lowry y la correspondiente asimetría.
La clave para descifrar lo del adulterio en Bajo el volcán está oculta en el paréntesis que incluye Carlos Fuentes en su discurso, cuando dice:
"(Homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham)" (3).
La única mención a Somerset Maugham en Bajo el volcán, según lo comenta Douglas Day en su biografía de Malcolm Lowry, corresponde al cuento original y a la "segunda versión", porque en la versión definitiva sólo permanece la insinuación de lo escrito en las dos versiones anteriores:
Esto es lo que escribe Douglas Day:
"En la pared más cercana a la calle hay una inscripción en dorado: "No se puede vivir sin amar". Las palabras son de Fray Luis de León: el poeta-sacerdote ascético español del siglo XVI que fuera condenado por la Inquisición por traducir al español el Cantar de los Cantares; pero el Cónsul sostiene que alguien que gustaba de Somerset Maugham debía de haber hecho aquella inscripción en la pared de Laruelle. Allí había dormido Priscilla con Laruelle, y el Cónsul, recordándolo, se vuelve bastante brusco. (Minutos antes había recibido una tarjeta postal de Priscilla escrita meses antes, en la que expresaba esperanzas de una reconciliación" (4).
Priscilla es el nombre del personaje que encarna la esposa del Cónsul en el cuento.
La inscripción es una cita tomada de un poema de Fray Luis de León y aparece dos veces en la versión publicada de Bajo el volcán:
"No se puede vivir sin amar" eran las palabras escritas en la casa" (BV: cap. I, p. 26 y cap. VII, p. 242).
Aquí se vuelve abrir esa otra conexión de Gabriel García Márquez con la poesía española o, ¿será también con Malcolm Lowry? Ese, también, es asunto de otra historia.
NOTAS
(1) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios..., Tusquets, Barcelona, 1984, p. 62.
(2) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, p. 246.
(3) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad..., p. XIX.
(4) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía..., p. 299.
viernes, 15 de agosto de 2008
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