viernes, 15 de agosto de 2008

Primera parte. Cap.1. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad


Primera parte

Capítulo 1


"La iluminación camino de Cuernavaca" y el "alumbramiento" de Cien años de soledad



"Alumbramiento", "iluminación", esas son las palabras adecuadas para fijar, según los mitos y leyendas, el momento y el lugar en los cuales "nació" Cien años de soledad, la novela que Gabriel García Márquez, según también la historia y las leyendas, engendró y gestó desde los tiempos de su primera juventud, como lo dice Carlos Fuentes:

"[...] que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses" (1).

Establecer ese momento y lugar de "alumbramiento"e "iluminación" es primordial para demostrar que, en la gestación y "nacimiento" de Cien años de soledad, se hicieron presentes, participaron y contribuyeron algunos elementos que han permanecido secretos y en el misterio y los cuales fueron asimilados por Gabriel García Márquez en los años previos de su permanencia en México, antes de encerrarse a escribirla durante esos catorce meses y todo lo cual fue ocultado, deliberadamente, tras una "estratagema" urdida por Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes Barcha y Carlos Fuentes.

Desvelar y descifrar ese misterio y ese secreto es posible ahora, porque, las pistas y claves para hacerlo que estaban desparramadas por el inmenso aparato bio-bibliográfico sobre Gabriel García Márquez, nunca antes habían sido expuestas, aunque herméticas y codificadas, de manera conjunta, consistente y congruente, como lo hizo Carlos Fuentes en su discurso en la ceremonia de homenaje a los ochenta años de Gabriel García Márquez y a los cuarenta años de la publicación de Cien años de Soledad, realizado en Cartagena (Colombia), en abril 24 de 2007, cuando contó su propia versión de una anécdota ya ampliamente conocida:

"Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?

Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad -ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en el que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: "Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme" (2).

Nada extraño, en apariencia. Era la rememoración que Carlos Fuentes hacía de un viejo suceso, ya convertido en leyenda, para compartir un emotivo momento.

Lo extraño fue que, tanto él como Gabriel García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, celebraran el cuento con el alborozo y la complicidad de muchachitos que comparten un gran secreto. Un alborozo de risas y sofocos y sonrojos y gestos de complicidad un poco exagerados y salidos de tono. A primera vista, me pareció que era la consecuencia natural de la emotividad del homenaje.

Sin embargo, al prestarle mayor atención al conjunto de todos los eventos que transmitía la televisión, caí en cuenta de que, en el resto de los actos, ellos se portaron con gran solemnidad y seriedad, así se recordaran situaciones de gran emotividad. Esa discrepancia me hizo pensar que allí había sucedido algo raro y recordé el viejo refrán árabe: "si tienes algo que ocultar, ocúltalo bajo el sol" y por eso busqué bajo el sol y descubrí que había sido Mercedes Barcha quien urdió una "estratagema" secreta para ocultar, tras un mito literario, el "nacimiento" y la escritura de Cien años de soledad. Un plan con un guión cinematográfico elaborado con precisión deliberada, como lo demostraré de aquí en adelante.

Como ya estaba concentrado en los asuntos que ya relaté en la introducción, le di rienda suelta a mi imaginación poseído por mi daimón de la certeza/duda. Si alguna cosa había aprendido, en todos mis años de lecturas, es que en la literatura nada es literal ni es inocente. Todo significa lo que significa... y, además, puede significar infinidad de otras cosas.

Ese discurso era el texto de un literato, en todo el sentido de la palabra y, además, era un texto en el que se ocultaba un enigma, un secreto que era necesario descifrar, desencriptar, desvelar. Por estas razones, era posible leerlo en todos los niveles de interpretación, sentido y dirección, aplicando, para ello, aquellas herramientas disponibles para la imaginación y la razón: inducción, deducción, abducción, mucho de fantasía, de malicia y el “furor de la imaginación”.

Por esa razón, lo que voy a contar a continuación se interpreta como se interpreta o como se quiera interpretar.

Como ya lo dije, al hacer una lectura inspirada del discurso ya publicado y separándolo en partes, como si se tratará de los distintos movimientos de una obra musical, tres de esas partes se apartaban del conjunto y se conectaban entres sí, como una aporía que, sin dejar de pertenecer al sentido del conjunto, su tono se percibía extraño y, entre ellos tres, conformaban otro sentido, un "algo más", un código secreto y hermético que oculta otros niveles de significación, al fin y al cabo, eso es literatura.

Ese era un "algo más" que conectaba las partes de una historia en el gigantesco y hermético mural de sombras cuyas pistas y claves estaban expuestas y conectadas en cada una de esas historias que Carlos Fuentes contó sobre Gabriel García Márquez y Cien años de soledad: sobre el cine mexicano, los viajes, la llegada a México, sus amistades con los intelectuales, el inicio de la amistad con Carlos Fuentes y de los antecedentes sobre su obra, el grupo de amigos, la opinión de Mitterrand, el periplo literario de Gabriel García Márquez desde Aracataca hasta México, el descubrimiento de la identidad mexicana, Kafka, el viaje a Acapulco, Europa, el surrealismo, la correspondencia y la escritura de Cien años de soledad, la carta a Julio Cortázar.

Cada una de estas historias es un signo o un símbolo o un código con significados propios, literales o herméticos, y entre todos, cuentan una historia que se inventó para ocultar la verdadera historia.

Para empezar a descifrar ese código hermético, como es corriente al desencriptar un enigma, tomé las tres partes que, en principio, me ofrecían mayores facilidades y posibilidades de identificar y conectar.

Por ello, hice esa separación de tres partes y tomé de ellas los elementos que estaba seguro, era posible identificar y conectar con elementos ya conocidos y empezar a descifrar.

Ellos eran: Primero, la anécdota propiamente dicha. Segundo, esa anécdota estaba precedida por el relato referido al ámbito kafkiano del México de la época, que ya descifraré y explicaré en el capítulo siguiente. Y, tercero, era el relato de la historia de lo que ocurrió, algún tiempo después, cuando Carlos Fuente viajó a Europa y de la correspondencia que mantuvieron él y Gabriel García Márquez durante el tiempo que duró la escritura de Cien años de soledad, en la cual, para desespero de los biógrafos, gratuitos y oportunistas, deben estar consignados buena parte de los secretos y misterios de esa escritura.

Para justificar esta delirante lectura y la consecuente interpretación hermética de ese discurso, es necesario aceptar que, dado lo que más adelante voy a explicar, esa anécdota, conectada con los relatos anterior y posterior y el resto del texto, si se la mira bien, dentro y fuera de contexto, deja de ser un simpático cuento para pasar a convertirse y poder interpretarse como una notoria pero extraña clave sobre el misterio y el secreto que se oculta tras el cuento del momento en el cual, se supone, Gabriel García Márquez fue golpeado por un rayo sobrenatural que lo iluminó y la posesión que lo obligó a dedicarse a escribir, de un sólo tirón y por catorce meses continuos, Cien años de soledad.

Como bien se puede comprobar, la anécdota misma tiene su propia y extraña historia. Son varias y variadas las versiones sobre ese momento extraordinario y mágico, tanto del propio Gabriel García Márquez como de otros, las qué y cómo se sabe, más que servir para esclarecer, se las usa para despistar, dar tema, crear polémica, poner a los periodistas y críticos -tan serios ellos- a precisar las fechas exactas de ese Génesis bíblico o el apocalíptico fin del mundo. O, simplemente, para mamar gallo y ocultar la verdad, que es la que mejor se corresponde tratándose de Gabriel García Márquez.

Una versión de esa anécdota es citada por Dasso Saldívar:

"[...] de pronto, mientras conducía su Opel blanco con su familia desde ciudad de México hacia Acapulco, vio claro cómo debía escribir La casa de marras, convirtiéndola en una mansión habitable, y una noche de mediados de 1965 en que Álvaro Mutis y su entonces novia Carmen Miracle fueron a visitar a los García Márquez en su casa de San Ángel Inn, el escritor le dijo a su amigo, como si acabara de ocurrírsele: "Maestro, voy a escribir una novela. Mañana mismo voy a empezar. ¿Se acuerda de aquel mamotreto que nunca le mostré y que le entregué en aeropuerto de Techo en enero de 1954 para que lo metiera en la cajuela del coche? Pues es ésa, pero de otra manera. Y, en efecto, al día siguiente empezó a trabajar en Cien años de soledad" (3).

Pero, esa anécdota, dadas las circunstancias, personajes involucrados, la ocasión y la íntima relación de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, no es ni inocua ni casual, tiene todos los elementos para ser más que eso. Es un guiño o un acuerdo secreto entre ellos para mostrar una pista o clave de un verdadero misterio que ya se anuncia en Bajo el volcán:

"[...] recordó aquel viaje en auto con Yvonne y el Cónsul a lo largo del lecho del lago, antaño cráter de un inmenso volcán, y nuevamente contempló un horizonte desvanecido en el polvo, los autobuses que zumbaban en medio de las tolvaneras" (BV: cap. I, p. 31).

Que no es otro que el misterio del sentido y del contenido sobre ese momento y lugar del “nacimiento” y la posterior escritura de Cien años de soledad.

Ya conté en la introducción las circunstancias que rodean este cuento, así que ahora voy a dar una explicación más formal y amplia de los asombros y delirios y el trance que me provocó mi hipótesis descabellada.

Pido disculpas si hasta el momento he dado la impresión de estar todavía en ese trance delirante, por considerar extraños los eventos y sucesos de un homenaje que fue emotivo, si, pero macondino, como si se tratara de algo "real maravilloso" o "realismo mágico", esos conceptos literarios tan novedosos y celebres de aquella época gloriosa de la literatura latinoamericana de la que Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez fueran precursores y paradigmas.

Es que las cosas tienen que ser así, porque, estos ya maduros y famosos escritores, habrán cambiado en muchas otras cosas, pero continúan siendo "genio y figura", un par de alegres y geniales compadres, cómplices en su amistad y en su literatura y, como ya lo dije, un par de muchachitos que se ríen en la cara del mundo recordándose sus secretos y misterios, como lo hicieron, impunemente, ese 24 de abril en Cartagena.

Si la cosa era en ese tono, había que meterle malicia al asunto. Así que, dueño de mis primeras sospechas e intuiciones, tenía que buscar y encontrar un elemento con suficiente peso que me permitiera probar y demostrar mi hipótesis descabellada, a partir de esos indicios de alegre y aparente mamagallismo que, al tiempo que ocultaba, desvelaba.

Con irónico humor e invocando a la genial visión deductiva de un Sherlock Holmes, me puse a buscar el "corazón delator", ese que, no podía ser de otra forma, tenía que estar oculto en la anécdota misma y empecé por esta lógica: comparé la versión de la anécdota contada por Carlos Fuentes con la versión contada por Mercedes Barcha.

¡Oh!, ¡maravilla de maravillas! Allí estaba ese "corazón delator".

Si quería demostrar que de las entrañas de Bajo el volcán emerge una gran masa telúrica que contribuye a la gestación de Cien años de soledad, tenía que encontrar el lugar y el momento en los cuales había ocurrido aquel fenómeno cuando "Gabriel García Márquez se transformó", porque esas eran las claves en las que Carlos Fuentes fue más insistente en su discurso y, descifrarlas. Esa era la primera clave necesaria para demostrar que mis hipótesis descabelladas eran descabelladas y delirantes, pero ciertas.

Esas claves tenían que estar ahí, en dos lugares geográficos o ¿literarios?, entre la mención específica de "los precipicios del Cañón del Zopilote", y la respuesta a la última de las preguntas que se formula Carlos Fuentes y en la cual menciona "una fonda de Tres Marías":

"¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?" (4).

Encontrar el "Cañón del Zopilote" en la orografía mexicana fue labor imposible y, si bien, no dudo de que pueda existir el tal cañón en la carretera México-Chilpancingo-Acapulco, resultó siendo, más que un lugar orográfico, otro "corazón delator", un lugar "real maravilloso", en el que se encontraba otra de las pruebas para mi hipótesis descabellada, pero que, al mismo tiempo, era un lazo de la conexión primordial entre Bajo el volcán y Cien años de soledad, como lo demostraré más adelante.

La que sí fue tarea fácil, encontrar a Tres Marías. Resulta que Tres Marías es un pequeño pueblo que se encuentra unos pocos kilómetros antes de Cuernavaca, cuando se viaja por carretera de Ciudad de México hacia Acapulco.

Ese sí que era el punto clave, ahí estaba el "corazón delator" que me permitía gritar ¡Eureka!

Mercedes Barcha cuenta la misma anécdota, pero, a diferencia de Carlos Fuentes, ella menciona un dato revelador, porque precisa que ese evento ocurrió durante un paseo familiar a Cuernavaca y con el dato adicional de que viajaban todos en automóvil, un Opel blanco que tenían en esa época. Algo similar a lo escrito por Malcolm Lowry en Bajo el volcán:

"Bajando por las curvas de Tres Marías en el Plymouth, viendo allá abajo en la lejanía la ciudad entre la bruma, y luego la ciudad misma, los hitos, tu alma pasó arrastrándose junto a ellos como si pendiera de la cola de algún caballo desobocado- cuando volviste aquí…" (BV: cap. III, p. 113).

Al confrontar los datos con los de Carlos Fuentes, se puede deducir que los dos concuerdan, con distintas palabras, en señalar el mismo lugar y el mismo momento.

Si tal paseo familiar se realizó realmente, no es desatinado sugerir y abducir que, durante el mismo, los García Márquez visitaran los lugares turísticos dedicados a Malcolm Lowry y a Bajo el volcán, incluidos los jardines, el palacio de Maximiliano, el Hotel Casino de la Selva, "La Selva", “La barranca", en fin, quizás por el interés que Gabriel García Márquez ya tenía en ese tiempo por el escritor y la novela.

Se puede afirmar qué, si concuerdan los datos de la misma anécdota contada por personas diferentes, el evento que las origina tiene un fundamento lógico y real. Si. Esos son métodos de investigación y comprobación que utilizan los estudiosos de la historia, la literatura y otras disciplinas.

Se puede afirmar, de igual forma, que la reiterada coincidencia de estos dos testigos, íntimos del protagonista, sobre el momento y la localización exacta del lugar del "nacimiento" de Cien años de soledad en Cuernavaca, más que afirmar la ocurrencia real del evento en ese sitio, así como del evento mismo, a lo que se refiere es a un asunto relacionado, pero de otra naturaleza, como ya desvelaré.

Invocando ahora aquellas herramientas de la lógica, mencionadas atrás, puede deducirse y abducirse que esa anécdota es fundadora de un mito, el cual puede ser analizado, interpretado y dotado de sentidos tanto por la posible objetividad de la ocurrencia del evento como por las conexiones y correspondencias que se puedan establecer con aquello que se oculta: las causas y los asuntos que provocaron la invención de ese cuento.

Este tipo de juegos herméticos, en los que se trata de encriptar una referencia particular por medio de alusiones o alegorías o analogías, se desvelan cuando las claves se muestran obvias y claras y, por lo tanto, es posible desencriptar, descifrar y desvelar, el asunto, aun desconociendo los motivos por los cuales se lo quiso ocultar.

Lo que conduce a otra condición: este tipo de ocultamiento se hace para compartir un secreto con otros iniciados y desviar la atención de los no-iniciado con un propósito específico, pero, al mismo tiempo, como el reconocimiento de que el asunto, tarde que temprano, será descubierto y que no es un secreto indecible.

Hechas las anteriores explicaciones, ahora ya podía disfrutar de mis descubrimientos:

Había determinado el momento y el lugar exactos en donde se sucede el evento en que ocurrió el "nacimiento" de Cien años de soledad y había descifrado la clave que permiten establecer las misteriosas conexiones y correspondencias de esa novela con Bajo el volcán:

¡Cuernavaca!

Pero, ¿por qué Cuernavaca? y ¿qué tiene que ver Cuernavaca con toda esta historia?

La historia es breve, así no sea nada sencilla en sus causas y consecuencias:

Malcolm Lowry escribió durante su permanencia en Cuernavaca, entre 1937 y 1939, un primer cuento, titulado: Bajo el volcán, el cual dio origen a la primera versión de la novela, también empezada a escribir allí mismo. Igualmente, en esa célebre ciudad mexicana es donde se inspiran buena parte del ámbito y de los escenarios del cuento y la novela.

Para Malcolm Lowry Cuernavaca tuvo extraordinarios significados tanto existenciales como artísticos. Varios de los motivos y lugares importantes de la novela son tomados del paisaje de la ciudad, los cuales era posible mirar desde aquella primera casa que habitó Lowry en esa ciudad durante su permanencia de 1937, tal y como lo describe Douglas Day en su biografía de Lowry:

"Más allá del hotel, al norte, estaba la gran "Selva" que en tiempos de los aztecas había recibido el nombre de Cuernavaca (el nombre náhuatl de la población era Quauhnáhuac) [...] Los alrededores eran espectaculares, aunque la casa no lo fuera; y el terreno era propicio para Lowry, el eterno simbolista: era como un palacio en ruinas sobre la superficie de la tierra, las mágicas montañas a lo lejos, alzándose como el Monte del Purgatorio hacia el cielo, y a los pies, aparentemente sin fondo y efectivamente feculento, el abismo [...] Pero si Lowry había estado buscando el bosque de símbolos de Baudelaire, con sus innumerables correspondencias, jamás podría haber encontrado un lugar más apropiado que Cuernavaca. Empezó a escribir casi de inmediato".

"En cosa de unas semanas había terminado ya un cuento que decidió llamar Bajo el volcán. Estaba dividido en tres partes iguales y tenía cerca de 7.000 palabras" (5).

Un paso más "allá". En el capítulo VIII de la versión publicada de Bajo el volcán se narra un viaje o paseo en el cual, Hugh, Yvonne y Geofrey Firmin, el Cónsul, van en un camión para asistir a una corrida de toros en Tomalín. Los profundos sentidos que Lowry le da a este capítulo y a este viaje están consignados en su carta a Jonathan Cape.

El capítulo VIII, como el resto de la novela y de los capítulos entre sí, está estructurado con una simetría de conexiones simbólicas, alegóricas y analógicas, muy precisas. Aun cuando no voy a descifrarlas ahora, si voy a llamar la atención sobre esos significados de la composición, porque ello contribuye a descifrar y conectar los elementos de la "estratagema" y la construcción de este guión o mecanismo de ocultamiento (el mejor homenaje a Lowry).

Al empezar a leer en la sexta página, un poco menos de un sexto del capítulo y del viaje (en la edición de la Colección Andanzas de Tusquets), aparece, en un recuadro destacado y en letras mayores, la palabra:

QUAUHNÁHUAC.

Estamos en Cuernavaca.

Dos páginas más allá, está la respuesta a las siguientes preguntas de Carlos Fuentes:

"¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo?".

La respuesta de Malcolm Lowry:

"En sus labios iba y venía una tenue y tranquila sonrisa que de cuando en cuando se paseaba con movimiento imperceptible como si, a pesar de los tumbos, el bamboleo y las sacudidas que sin interrupción impelían a unos contra otros, estuviese resolviendo un problema de ajedrez o recitando algo para sí" (6).

Casi cuatro páginas después, otro sexto más del capítulo y se encuentra la respuesta a la siguiente pregunta que se hace Carlos Fuentes:

"¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco?"

Porque allí Lowry escribió:

"Autobuses de extraños nombres -procesión proveniente de caminos vecinales- rozándoles avanzaban en dirección contraria [...]" (7).

Ya en las dos últimas páginas y en el último sexto del capítulo y cuando el viaje está llegando a su fin, aparece la otra respuesta a la otra pregunta que se hace Carlos Fuentes:

"¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote?".

Esta respuesta se divide en dos partes. La primera que explica lo de los precipicios:

"A la derecha se habría un abismo sin parapeto" (8).

La segunda que explica lo del "Cañón del Zopilote" y es el párrafo con el cual se cierra el capítulo:

"Incluso aquellos, pensó Hugh, que sin esfuerzo flotaban, elegantes, en el cielo azul por encima de sus cabezas: los buitres, "zopilotes", que sólo esperan la ratificación de la muerte" (9).

Estos zopilotes tienen que contribuir, todavía más, a la interpretación y a los significados de aquello que se oculta tras las palabras de Carlos Fuentes.

En su carta a Jonathan Cape, Malcolm Lowry, lo desvela:

"En cuanto a los "zopilotes, los buitres, añadiría que son mucho más que aves de cartón: en este lugar son una realidad; uno de ellos, por cierto, me observa mientras escribo y su mirada nada tiene de placentero: revolotean a lo largo de todo el libro y en el capítulo IX se convierten en un arquetipo, como el águila de Prometeo" (10).

Un zopilote (¿el aprendiz de brujo; Gabriel García Márquez?) mira mientras Malcolm Lowry escribe Bajo el volcán y continúa revoloteando por todas sus páginas para de allí salir transformado en "el águila de Prometeo", el escritor que le robó el fuego a los dioses y el poder a la escritura.

Hasta aquí la primera etapa de este viaje por las tinieblas de un misterioso secreto.

Se ha pasado por QUAUHNÁHUAC = Cuernavaca, se ha sentido poseído por un algo beatífico y creativo, se ha estado a punto de estrellarse, se ha sorteado el Cañón del Zopilote y se han encontrado esos zopilotes que se incorporan como co-protagonistas y como elementos simbólicos primordiales para Malcolm Lowry en Bajo el volcán y como demostraré, para Cien años de soledad.

Por toda esta demostración, ahora ya puedo afirmar que el mito del "nacimiento" de Cien años de soledad se localiza en QUAUHNÁHUAC = Cuernavaca, en el Cañón del Zopilote y, de esta manera, se han desenmascarado las primeras pistas y claves de la "estratagema" de los García Márquez y Carlos Fuentes y, con ellas, ya es posible empezar a desencriptar, descifrar y desvelar, los primeros elementos de ese mito por medio de una fórmula sencilla:

QUAUHNÁHUAC = Cuernavaca + estado beatífico + Cañon del Zopilote + Malcolm Lowry + Bajo el volcán = nacimiento de Cien años de soledad.

Aquí concluye el análisis e interpretación del primero de los tres movimientos que había aislado del discurso de Carlos Fuentes y clave para descifrar las conexiones y correspondencias entre Bajo el volcán, Malcolm Lowry y Cien años de soledad.

En el próximo capítulo me ocuparé de la "estratagema" de Mercedes Barcha, la tercera de las claves.


NOTAS


(1) El texto completo del discurso de Carlos Fuentes, titulado: Para darle nombre a América, fue publicado en la edición conmemorativa de Cien años de soledad, RAE, 2007, está cita: p. XXII.

(2) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América..., p. XIX.

(3) Dasso Saldívar, García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía, Alfaguara, Madrid, 1997 (611 p.), p. 430.

(4) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América…, p. XIX.

(5) Douglas Day, Malcolm Lowry, una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, pp. 244-245.

(6) Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Colección Andanzas, Tusquets, Barcelona, 1997, pp. 271-272.

(7) Malcolm Lowry, Bajo el volcán..., p. 274.

(8) Malcolm Lowry, Bajo el volcán..., p. 287.

(9) Malcolm Lowry, Bajo el volcán..., p. 288.

(10) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios, Tusquets, Barcelona, 1984, p. 54.

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