viernes, 15 de agosto de 2008

Apéndice 3. Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad


Apéndice 3

Del buen viejo de Italo Svevo al viejo de Memorias de mis putas tristes



Cuando leí el libro de Carlos Rincón, García Márquez, Hawthorne, Shakespeare, De la Vega & Co. Unltd. (1), perdí la inocencia y dejé de ser sentimental como lector, porque terminé por aceptar que en la literatura nada es inocente ni ingenuo. Había dado un paso trascendente en mi proceso como Maestro LECTOR LÚDI.

Ese Maestro LECTOR LUDI que es aquel que aspira a jugar el juego de la literatura descifrando, hasta donde sea posible, los códigos ocultos con los que encriptan los escritores sus verdaderas intenciones y resolviendo los enigmas que se ocultan en su escritura.

Eso fue lo que hizo Carlos Rincón con Del amor y otros demonios. Descifrar la clave y los códigos con los que Gabriel García Márquez encriptó elementos que conectan su novela con La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, así como también con obras de Shakespeare y con la poesía de Garcilazo De la Vega y con la poesía de otros poetas clásicos y modernos y con muchas otras obras del arte universal.

El arte es esa profunda y arriesgada exploración de las tinieblas interiores del ser humano en la búsqueda de su desconocida razón de Ser.

Con esas ideas en mente y como jugador iniciado, emprendí la lectura de Memorias de mis putas tristes. Como un juego cuyo método es la imaginación y cuyas consecuencias deben ser lúdicas.

Sin embargo, no hay ascenso al Paraíso sin cruzar por el Infierno.

En mi caminar tropecé, en el primer círculo de los pecadores, con los pseudolectores apresurados. Aquellos que en su afán de lucirse, se precipitan a adular o a descalificar al escritor, anteponiendo su propia vanidad.

En el siguiente círculo me encontré con los lectores morbosos, aquellos que, por el simple título de la novela, buscaron inútilmente las escenas lujuriosas y clamaron al cielo de la crítica autorizada, para que, exaltándola como obra de arte, los redimiera de su pecado de voyeurismo y de perversión erótica.

Esos, la mayoría, ocultaron y justificaron sus vergüenzas tras el epígrafe de la novela, tomado de La casa de las bellas durmientes (no dormidas, como equívocamente se cita), de Yasunari Kawabata, suponiendo que el japonés legitimaba, con el refinado y delicado erotismo japonés de sus cuentos y novelas, su afán morboso.

Estos condenados irredentos del Infierno, se quedaron con el pecado y sin el género, porque, el erotismo que Gabriel García Márquez les propone no fue la pornografía "best-seller", a la que están acostumbrados, sino el erotismo macondiano, cuya naturaleza ya ha sido mostrada y demostrada en toda la obra anterior de Gabriel García Márquez y con la cual no es posible engañarse.

Los siguientes círculos infernales los pasé de corrido, pues nada nuevo ofrecían a mis consideraciones los rebaños de lectores y comentaristas bien intencionados, de los que está empedrado el Infierno.

Así que, de la mano de mi Virgilio, inicié la propia lectura y, como un niño, comencé a proponerme mis hipótesis descabelladas.

La primera que se me ocurrió, por evidente y notable, fue que, Memorias de mis putas tristes, era otro arreglo de cuentas.

Así como, en El amor en los tiempos del cólera y en Del amor y otros demonios, Gabriel García Márquez, había arreglado cuentas con Cartagena. Con aquella sociedad cartagenera que lo acogió con generosidad o lo repudió con encono. Con aquellos personajes con los cuales sufrió y gozó en aquellos tiempos primitivos de su formación como periodista y aprendiz de escritor, en aquellos meses de 1948 y parte de 1949.

Como arreglos de cuentas fueron las novelas y cuentos anteriores, Memorias de mis putas tristes, también lo era. Esta vez se trataba de otra ciudad, otra sociedad, otros personajes, así como con otra buena parte de la ingente literatura que ha leído, desmesuradamente, y que todavía tenía pendiente.

Como ya había arreglado cuentas con aquella parte de su juventud que quiso mantener oculta, ahora le correspondía el turno a aquella otra parte que había querido convertir en leyenda

Así pues que, a arreglar cuentas con Barranquilla y la sociedad barranquillera, aquella a la que él llegó desde Cartagena, en 1949 y, a la cual y a diferencia de la anterior, no ocultará vergonzosamente y que, por el contrario, convertirá en lugar de su mítico paraíso perdido que él y muchos otros se han encargado de consagrar e inmortalizar... no tan justamente.

Es por ello que en Memorias de mis putas tristes se dedican algunas buenas páginas a intertextualizar los personajes y gentes, los de arriba y los de abajo; los lugares y las situaciones, los del día y los de la noche, de la leyenda del Grupo de Barranquilla.

No es de extrañar, entonces, la reiteración sobre el Sabio Catalán y su librería, sobre la bohemia de jóvenes artistas, sobre La Cueva y otros bares, sobre los burdeles (en uno de ellos se hospedó gratis y protegido por las putas).

En estas Memorias de mis putas tristes, es novedad la inclusión y exaltación, con gran deferencia, de “los chicos” de la prensa, hablada y escrita, como se decía antes. Es, por supuesto, un reconocimiento que va mucho más allá y, a la vez, un recuerdo grato, allí, por primera vez se le consideró un gran periodista.

Por eso, el Profesor Mustio Collado, además de ser profesor de literatura es columnista de uno de los periódicos de aquella cosmopolita Barranquilla de los años cincuenta, en la que, también y por primera vez, se sintiera acogido como importante escritor.

En cuanto a su arreglo de cuentas con la literatura, los ya ejecutados y los por ejecutar. Claro, ya no sé si pensar si de veras se trata de ajustes de cuentas o, quizás, ejercicios de sus habilidades de intertextualista o palimpsestista, aprendidas en los remotos tiempos mexicanos y ya materia de su fama y, con las que, ahora, en Memorias de mis putas tristes, experimentaba... un poco más allá.

Con El amor en los tiempos de cólera, ajustó sus cuentas con Dante y su Florencia, así como de paso le hace un recatado reconocimiento a Clemente Manuel Zabala, cuando dice:

"[...] ese domingo de Pentecostés (como lo sugiere la presencia del libro de Axel Munthe sobre la historia de San Michele" (2).

En Del amor y otros demonios, ajustó sus cuentas con Hawthorne, Shakespeare, Garcilazo De la Vega y otros, como bien lo demostró Carlos Rincón.

Y, ahora, ¿cuál era el arreglo de cuentas literarias con Memorias de mis putas tristes?

Es importante destacar que, en Memorias de mis putas tristes, se enfrentaba con algunos de los más herméticos escritores de culto de la literatura universal. Escritores estos que, al mismo tiempo, eran de los menos asociables con su obra por parte de los críticos literarios.

Es por ello grato y asombroso encontrarse en Memorias de mis putas tristes, con Italo Svevo, Marcel Proust, James Joyce y, con menos misterio, con autores de la literatura italiana, francesa y oriental, incluyendo, de manera subrepticia, a Yasunari Kawabata y La casa de las bellas durmientes, así como a uno que otro escritor colombiano.

Ya veremos, más adelante, sólo algo de todo esto. Pero antes de pasar a ello, hay un detalle en Memorias de mis putas tristes que todavía me deja perplejo y no me arriesgo a descifrar, así que prefiero dejar algunas preguntas sobre el asunto para que cada quien se las responda:

¿Por qué esta es la única novela en la cual Gabriel García Márquez identifica un personaje con las iniciales de su nombre: J. M. B., y a quién corresponden? ¿Sabiendo que en esta novela, como en otras anteriores, él cita a personas reales con su propio nombre o con un nombre figurado, por los motivos qué sea, porqué esta es la primera vez que Gabriel García Márquez utiliza las iniciales de un nombre en su narrativa? ¿Cuál es el misterio o el ajuste de cuentas?

Hay queda para los interesados, yo, por mi parte, retorno al motivo principal de estas notas y empiezo con otra pregunta:

¿De dónde sale el profesor mustio collado?

Mientras escribía lo anterior se movían por mi mente algunas ideas parásitas, las que tendría que terminar de incubar y madurar hasta el punto en que su genio y figura me permitieran aislar algunos elementos a partir de los cuales poder empezar a realizar las comparaciones suficientes como para permitirme asociar al Profesor Mustio Collado, de Memorias de mis putas tristes, con los viejos de otras obras literarias y así establecer su genética literaria.

Para iniciar el proceso, el nombre: Profesor Mustio Collado es la denominación que se le asigna al nonagenario viejo de Gabriel García Márquez en Memorias de mis putas tristes, es un nombre tomado de un verso de un poeta clásico español, Jorge Manrique.

El siguiente paso. Proponerme otra pregunta:

¿En el espejo de cuáles de los viejos célebres de la literatura universal miró Gabriel García Márquez para armar al Profesor Mustio Collado y escribir Memorias de mis putas tristes?

Había que retornar hasta el origen y, por eliminación y sintetización, seleccionar los rasgos genético literarios que pudieran corresponder a su naturaleza.

Desde los albores de la cultura y literatura, el viejo ha sido considerado modelo de sabiduría y dignidad. Rasgos y rastros de los cuales no está exento el Profesor Mustio Collado, sin embargo, no propiamente en el sentido más trascendente y moralizante de los mitos y leyendas clásicas, si no, en el más humano, existencial y visceral que se correspondiera con la naturaleza de un viejo tropical, de la Costa colombiana.

Por otra parte, era necesario tener en cuenta que el motivo literario del viejo enamorado de una mujer joven ha sido, desde la antigüedad, motivo de burlas, escarnios y escarmientos, tanto en la literatura como en otros ámbitos de la cultura.

Tal el caso de los ejemplarizantes textos, muy antiguos, de la Historia de Susana y Daniel, en los Apócrifos del Antiguo Testamento. O, en las fábulas de Esopo. O, en el Decamerón.

Ya más próximos y en el tránsito hacia la modernidad, la figura del viejo y sus amores por jóvenes doncellas, comienza a dar un giro de retorno a la antigua consideración de dignidad, sabiduría y respetabilidad, así como hacia la restauración del antiguo mito de su poder de rejuvenecimiento.

La más famosa de estas manifestaciones es la del Fausto, de Goethe, personaje clásico y antiguo, en el cual se encarna el poder del enamoramiento por una joven doncella cuyo influjo es la fuente para una eterna juventud.

A continuación y en el romanticismo, ya se le atribuyen al viejo enamorado sentimientos nobles, tal como los de renunciar a la consumación de su propio amor para que puedan cumplirse los anhelos de su amada, enamorada de otro, por entregarse en los brazos de su amante, más joven.

En las vertientes literarias de los siglos XIX y XX, por encima del sentimentalismo de los amores corteses y bucólicos o la morbosidad de amores lujuriosos y egoístas de los viejos, emerge y se impone un nuevo sentido trágico.

En estos siglos, la vejez comienza a percibirse como una limitación y al viejo como un personaje al que se relega a los márgenes de la sociedad industrial de Occidente.

Los viejos enamorados, en la literatura de estas épocas, fracasan trágicamente, tal y como sucede con el sabio anciano Prynne en La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, o con otros viejos trágicos en Balzac, Ibsen, H. Mann, García Lorca.

Diferentes pero igualmente trágicos, los viejos japoneses de Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes y otras de sus novelas, nunca tan excluidos o marginados como los viejos en Occidente.

De alguna manera y en uno u otro sentido, esas tradiciones sobre la vejez y los viejos, se manifiestan en el personaje del Profesor Mustio Collado, a quien Gabriel García Márquez adiciona su particular toque de realismo mágico posmoderno.

En esas condiciones, ¿en qué género literario se acomodan las Memorias de mis putas tristes?

Ya se sabe que es una novela, pero es una novela en la que se imita al género de las memorias, pero en la que, igualmente, se hacen confesiones y se escribe una autobiografía. Como quien dice, cuatro géneros diferentes y una novela verdadera.

Son memorias, porque como ya lo dije, son un arreglo de cuentas con las glorias, flaquezas y debilidades del pasado, así como una manera de cobrar las pequeñas y grandes venganzas por las ofensas o pagar por los beneficios recibidos. Eso, al fin de cuentas, es lo que, en su malicioso fondo, se proponen, por lo general, los libros de memorias y este no es la excepción.

Son confesiones, porque en ellas se expone la propia existencia como una síntesis de la filosofía con el que se vivió.

Son autobiografía, porque aquellos que escriben su autobiografía se proponen fundir, de cuerpo entero y en vida, el propio monumento de bronce de su inmortalidad, merecida o no.

Y, son una novela, porque en ellas se cuenta y fabula, entre tragedia y sátira, una historia. En este caso, la historia de un viejo, más enamorado ya de su propia carne en descomposición que enamorado propiamente de la carne fresca y palpitante de una joven, de la que, como Fausto, espera le devuelva y le mantenga en eterna juventud.

Todos esos géneros son transformados en un único género para Memorias de mis putas tristes y nada difícil sería separarlos y analizarlos para su respectiva crítica literaria. Sin embargo, esa no es la especie de crítica que ahora me interesa.

Tratándose del "último" Gabriel García Márquez novelista, posteriormente apareció el primer volumen de sus ¿verdaderas? memorias, mi interés es conjeturar y encontrar las intertextualidades y palimpsestos, que ya eran consustanciales de su escritura y cuyos métodos y técnicas hacen parte del misterio y el gozo de su narrativa.

Esos métodos literarios en los cuales él ya era un consumado y juguetón maestro desde Cien años de soledad y los que dominaba a la altura de los mejores, con el arte y la ciencia de aquel Jorge Luis Borges que dijera, al referirse al texto de Pierre Ménard, en Ficciones:

(Un texto)... "En el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la "previa" escritura de nuestro amigo".

Quiero hacer algo así como lo que Carlos Rincón había realizado al demostrar la presencia de La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, como el gran telón de fondo en Del amor y otros demonios, junto con Shakespeare, Garcilazo y otros. Y a Dante y el influjo florentino en El amor en los tiempos del cólera.

O, como tantos otros críticos literarios habían escarbado en las entrañas de sus novelas, para desenmarañar su genética literaria.

Yo tenía que emprender mi propio “juego de abalorios” de LECTOR LUDI y proponer mis hipótesis descabelladas sobre las fuentes genético-literarias que alimentaban Memorias de mis putas tristes.

Como aprendiz de criptógrafo, empecé por los elementos comunes y conocidos. En primer lugar, aquellos que el encriptador del código señala evidentemente o por referencia indirecta. Los segundos, aquellos que se repiten insistentemente hasta conformarse como un código con sentido identificable.

De los primeros elementos, llama la atención la mención específica a Proust. Hace pensar en un Gabriel García Márquez recobrando el tiempo perdido de sus recuerdos, rememorando, como lo define Patrick Harpur:

"Sería útil en general distinguir entre el recordar cotidiano, cuando nos acordamos vagamente del pasado, y el recordar wordsworthiano y el proustiano, cuando el pasado se presenta de nuevo en toda su plenitud, a veces alegremente, a veces -abreacción- insoportablemente" (3).

Pero esa pista era engañosa, porque, en las Memorias de mis putas tristes, la memoria que Gabriel García Márquez novelaba no era propiamente la de un pasado que se empieza a leer al final de la escritura, como En búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust, sino una memoria que, partiendo de los recuerdos del pasado, reconstruye el presente y se proyecta en el Paraíso del futuro.

Ese territorio de la memoria futura, desconocido y fascinante, era una tentación pero a la que, en este momento, no tengo tiempo de entregarme con deseos de explorar y cartografiar. Así que lo dejó pendiente para una próxima expedición.

Así pues, que retomó mi sendero y me encuentro con otra extraña presencia de mítica intertexutalidad, nada menos que la de James Joyce, la que más adelante tengo que explicar, puesto que, también, hace parte de la demostración de mis hipótesis descabelladas.

Por supuesto, existen muchas otras menciones a otros autores y obras: Benito Pérez Galdós y sus Episodios nacionales, Thomas Mann y La montaña mágica, pero las descarte del mi procedimiento, porque siendo importantes ya eran innecesarias para el efecto.

De los segundos elementos del criptograma, lo más llamativo era la insistente mención o referencia a la literatura italiana y al origen italiano, “romano imperial, de la madre del Profesor Mustio Collado, lo que, en principio, no hubiera tenido mayores consecuencias para mi análisis, de no haber sido porque al poco de iniciar la lectura de Memorias de mis putas tristes, en la segunda página, una palabra y un tono asaltaron mi memoria y mi imaginación.

Se trataba precisamente del párrafo en el que el Profesor Mustio Collado describía su aspecto físico y, precisamente, al concluir su descripción, aparece esa exacta palabra que establecía una división, un corte notorio de tiempos y espacios. Algo así como el cruce de “un antes y en otro lugar”, cortado en secante con “un aquí y ahora” que proyectaban al personajes del Profesor Mustio Collado hacia un sentido, hacia una atmósfera de una dimensión paralela, como ya voy a explicarlo.

Empecé por copiar el párrafo hasta esa palabra:

“No tengo que decirlo, porque se me distingue a leguas: soy feo, tímido y anacrónico. Pero a fuerza de no querer serlo he venido a simular todo lo contrario. Hasta el sol de hoy, en que resuelvo contarme como soy por mi propia y libre voluntad, aunque sólo sea para alivio de mi conciencia” (4).

La palabra es “conciencia”, nada raro ni extraordinario, salvo que, al continuar la lectura del párrafo, el tono cambia de tonalidad. De alguien que escribe sus melancólicas memorias en la semipenumbra de su estudio en la casa solariega, se salta a los afanes eróticos de un macho tropical:

"He empezado con la llamada insólita a Rosa Cabarcas, porque visto desde hoy, aquél fue el principio de una nueva vida a una edad en que la mayoría de los mortales están muertos" (5).

Esa discrepancia disparó el gatillo de mi memoria imaginativa y sentí, profundo, el recuerdo de ese tono, de esa música, de esas frases, las que, junto con la palabra “conciencia”, habían desencuevado la guagua y mi bala dio en el blanco.

"La conscienza...", esa palabra era música para mis oídos y un pie para el siguiente acorde. Me recordaban el título de la muy bella y famosa novela de Italo Svevo, La conscienza di Zeno, lo que me hizo suponer que por ahí iba el agua al molino y al lugar donde buscar las conexiones literarias ocultas en el palimpsesto de las Memorias del Profesor Mustio Collado.

Era entonces, el momento de empezar a precisar la exploración y la cartografía de mis hipótesis descabelladas.

Italo Svevo era el seudónimo que utilizó Ettore Schmitz (Trieste, Italia, 1861-1928), judío de origen alemán y ciudadano del imperio Austro-húngaro hasta su disolución en 1918 y, luego residente de Trieste, Italia, quien, en su juventud fuera enviado a la Alemania paterna a realizar sus estudios, motivos por los cuales se le genera una doble identidad cultural. Una ¿coincidencia?, una posibilidad de establecer una relación analógica con la doble identidad, colombo-italiana, del Profesor Mustio Collado.

Italo Svevo, publica sus dos primeras novelas: Una vita (1892) y Senilità (1898), en las cuales comienza a experimentar con un narrador que se expresa desde la conciencia interior. Estas novelas tuvieron poca acogida, motivo por el cual decidió aislarse.

Veinticinco años después publica La conciencia de Zeno (1923). En esta novela se narran las memorias que Zeno escribió por orden del Doctor S., un psicoanalista que lo trata de sus problemas de salud, aparentemente, sicosomáticos.

La conciencia de Zeno es el producto de todos esos años de aislamiento, los que Italo Svevo dedicó a la reflexión sobre las tinieblas interiores del Ser humanos y a otros oficios.

Uno de esos oficios, el más trascendente y transformarte: haber sido alumno de James Joyce. Joyce llegó a Trieste en 1904 y, para ganarse la vida, dictaba clases particulares de inglés, al mismo tiempo que emprendía la escritura de buena parte de su obra, incluido el Ulises, cuya gestación se inicia en Trieste.

De esa relación nació una profunda amistad entre James Joyce e Italo Svevo, así como una secreta complicidad literaria que, con toda seguridad los influyó y transformó a ambos. En especial a Italo Svevo para arriesgarse a escribir y, finalmente, por el entusiasmo de su amigo James Joyce, a publicar La conciencia de Zeno en 1923. Para eso son los amigos.

Por supuesto, James Joyce también tuvo la oportunidad de profundizar, con Italo Svevo, sus tempranas lecturas a las obras de Giambattista Vico, Nicolás de Cusa y Giordano Bruno, lo que sería determinante a la hora de escribir Finnegans Wake.

De todas maneras, estas historias y estas anécdotas, importantes y simpáticas, como lo son, de alguna manera, me orientaban hacia el sendero adecuado donde encontrar el cruce de caminos en el que se conectaban Zeno y el Profesor Mustio Collado.

La conciencia de Zeno, como novela, es el texto de las memorias que el viejo hipocondríaco Zeno escribe, por orden de su psicoanalista, como ya lo dije. Pero, serán los conflictos entre paciente y terapeuta, el motivo para que esas memorias íntimas y privadas se hagan públicas, violando el secreto profesional.

La venganza, esa es la razón que aduce unilateralmente, el Doctor S., como motivación para publicarlas, aunque no descarta el interés pecuniario que de su venta se obtenga. Así lo explica S., en el brevísimo prefacio que antecede al texto de Zeno.

En términos generales, Zeno y las dos primeras novelas de Italo Svevo, contenían evidentes elementos para conectar a Italo Svevo y a Zeno con el Profesor Mustio Collado y Memorias de mis putas tristes.

Sin embargo, el retrato o rompecabezas no llegaba a completarse, necesitaba algo más concreto. Eran necesarias otras piezas para que el retrato del Profesor Mustio Collado tomara forma y pudiera verse de cuerpo entero.

Para completar ese retrato sólo encontraba fragmentos de Zeno y de otro personaje de las novelas de Italo Svevo. Por supuesto, se trataba, en parte, de los personajes de La conscienza di Zeno, de 1923 y, el de la novela de 1898, Senilità, pero no eran suficientes.

Así que empecé una búsqueda desesperada por los catálogos y las librerías, a la caza de aquellas obras literarias en las que un viejo lujurioso, pero noble, fuera el protagonista. Las pocas encontradas en la pobreza de nuestras librerías, fueron todas desechadas. Y, casi perdida la esperanza, hasta el punto de quedar exhausto y próximo a desistir ante tan hercúlea tarea.

En ese momento intervino la portentosa voluntad de un hada madrina de los lectores. Adriana, la de la Librería Simsalabin, se encontró un pequeño librito, también de Italo Svevo. Su novela corta publicada en 1929, un año después la muerte del escritor. Y, bingo.

Era La novella del buon vecchio e della bella fanciulla, cuyo título en español es: La historia del buen viejo y la bella muchacha.

Una narración en tercera persona que cuenta la historia de un viejo:

"Por el color de sus cabellos y de su bigotico corto, se le podrían haber echado unos sesenta años" (6).

Un viejo que establece una, casual pero causante, relación con una muchacha de veinte años, por mediación de la madre de ella. El Profesor Mustio Collado, por mediación de Rosa Cabarcas. Hasta aquí vamos lado a lado.

La bella muchacha le inspira al buen viejo, entre otros nobles y no tan nobles sentimientos, la escritura de una esperpéntica teoría sobre las relaciones entre los viejos con los jóvenes y de sus consecuencias para la salud individual y social.

Con esa teoría, el buen viejo escribe su destino y la finalidad última de sus relaciones con la bella muchacha.

Era lo mismo pero distinto de lo que sucede en Memorias de mis putas tristes. Sólo que en ellas, el Profesor Mustio Collado le escribe a Delgadina un apasionado tratado de amor cortes a través de sus columnas periodísticas en serie, suplicándole que regrese a ese, su paraíso, donde ella es, para él, sólo la bella amada durmiente. El regalo que se ha prometido para mantener la eterna juventud.

Lo que siguió fue jugar, como el amigo borgiano, a encontrar "los rastros -tenues pero no indescifrables- de la "previa" escritura.

Allí estaban las similaridades o ¿coincidencias?, las simulaciones, las simetrías y asimetrías, las conexiones y correspondencias, etc... Frases, asuntos, temas, estructuras que se parecían y no se parecían como dos gotas de agua.

La lista podría ser extensa, pero como muestras, he aquí algunos botones de rosa:

Las citas amorosas del Profesor Mustio Collado con Delgadina son siempre a las diez de la noche. Las del buen viejo y la bella muchacha, a las nueve.

Ambos viejos sienten similares estados de ansiedad anímica en la expectativa de cada una de las citas con su respectiva jovencita.

El lector curioso podrá verificar si el número de citas con sus doncellas es el mismo en una y otra novela.

Como ya lo dije, en ambas novelas los dos viejos escriben.

El Profesor Mustio Collado, por profesión, dedica sus columnas semanales en el periódico a la durmiente Delgadina.

El buen viejo dedica los últimos días de su vida a escribir un tratado de moral sobre las relaciones entre los viejos y las jovencitas, con el cual pretende demostrar que la salud de los primeros depende de las correctas relaciones con las segundas.

Es, con esa escritura, con la que ambos viejos sienten el efecto rejuvenecedor de sus amores, más que la misma comunión amorosa con las bellas jóvenes.

Si la reflexión fuera válida, el amor y el rejuvenecimiento de los viejos es el resultado, más de los goces de esa emanación de la vida natural que es el espíritu, como lo definiera George Santayana, y de la naturaleza erótica ha sido sublimada, que de una sexualidad o erotismo consumados.

O, sino que lo diga ese médico y filósofo que, como el Cicerón de De Senectute, es personaje común en ambas novelas y, también, una especie de personaje recurrente y “comodín” en las novelas de Gabriel García Márquez.

Los dos viejos dejan un testamento en el cual legan sus propiedades a las jovencitas, para garantizarles su futuro.

En fin, son muchos otros los detalles paralelos y correspondientes:

Las similitudes en las descripciones de los aspectos de la salud física y anímica de ambos viejos.

Los parecidos entre las dos viejas casonas en las que viven cada uno de los viejos.

El que cada uno de los viejos tenga en su casa una especie de ama de llaves. Claro que en cada caso ese personaje es diferente y las relaciones de los viejos con ellas, en cada una de las novelas, son asimétricas, pero no totalmente.

Ahora, forzando un poco más el asunto de las correspondencias entre Gabriel García Márquez y su Profesor Mustio Collado, con Italo Svevo y su Zeno, es posible establecer otros planos y dimensiones de correspondencias.

Tal el caso de que para ambos autores, sus personajes, Zeno y el Profesor Mustio Collado, son los personajes encargados de los arreglos de cuentas de sus autores.

Italo Svevo arregla cuentas con Trieste, en especial consigo mismo y su existencia ignorada y aislada. Gabriel García Márquez, como ya lo dije antes, con Barranquilla y el ámbito al que llegó en 1949. Lo que pueda haber de autobiográfico en estas memorias, será asunto de especialistas.

Y, para terminar, una última y curiosa jugada de correspondencias, entre otras muchas, pero ya relacionada con otras obras literarias.

Esta vez, se trata de una discrepancia cronológica en Memorias de mis putas tristes, es, a su vez, notoria en otras dos obras literarias diferentes, en las cuales, esa discrepancia, es un motivo fundamental de la trama.

Hacia el final de Memorias de mis putas tristes, aparece una discrepancia temporal de diez años. El Profesor Mustio Collado, quien está escribiendo sobre la celebración de sus noventa años, inusitadamente pasa a hablar como si ya se tratara de la conmemoración de sus cien años.

Es un salto temporal o gramatical inexplicable, pero ni inaudito ni inédito.

Resulta que en otra novela italiana, Antiafrodisiaco para el amor platónico (1851), de Ippólito Nievo (1831-1861), en el último capítulo, el narrador habla de haber pasado dormido tres años, dos meses (que son tres) y un día.

Es posible que tanto en las Memorias como en el Antiafrodisiaco, estas discrepancias sean un error, pero como pienso, en la literatura nada es inocente ni casual.

Sería forzado, pero nunca aburrido, establecer una posible correspondencia con el motivo del salto temporal de veinte años que da origen al célebre cuento del estadounidense Washington Irving, Rip van Winkle.

Sólo como para seguir jugando con “Alicia...”

Dejo en este punto mis conjeturas e hipótesis descabelladas para que cada cual, como aprendiz de LECTOR LUDI, haga sus propias interpretaciones en el juego de abalorios que es la lectura como un juego infinito de acordes y desacuerdos...

Al fin y al cabo, la lectura alquímica es la única redención para el remordimiento de leer a la ligera.

NOTAS

(1) Carlos Rincón, García Márquez, Hawthorne, Shakespeare, De la Vega & Co. Unltd., Serie “La Granada Entreabierta”, 86, Instituto Caro y Cuervo, Santa Fe de Bogotá / 1999.

(2) Carlos Rincón, El amor en los tiempos del cólera y la cuestión del posmodernismo, p. 66. En: La no simultaneidad de lo simultáneo, Editorial Universidad Nacional, Bogotá, 1995, p. 66

(3) Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos, Atalanta, Girona, 2006, p.341:

(4) Gabriel García Márquez, Memorias de mis putas tristes, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2004, p. 10.

(5) Gabriel García Márquez, Memorias de mis putas tristes..., p. 10.

(6) Italo Svevo, La historia del buen viejo y la bella muchacha, Acantilado, Barcelona, 2004, p. 8.

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